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11 de agosto de 2025
De la literatura a las neurociencias. Preocupaciones neurocientíficas en tres neurorrelatos vilcheanos
Por: Wildalis Martínez Rivera
Una mirada interdisciplinaria al binomio ciencia-literatura demuestra claramente lo que tienen en común estas dos áreas: explorar, modelar y dar sentido al mundo que nos rodea. Ciencia y literatura se intersecan en las obras literarias, en las metáforas que tocan temas científicos y en los cuestionamientos éticos de los problemas presentados por la ciencia ficción. Este interés científico, iniciado por escritores y escritoras del siglo xix como Mary Shelley, Jules Verne, Robert Louis Stevenson y H. G. Wells llega a otros niveles con los escritores de neuroficción. Al tratar de entender el mundo interior de la conciencia y la mente, la neurociencia ha influido en la representación literaria de las neurodiversidades y los trastornos de salud mental, dando pie a este subgénero literario en el que las condiciones neurológicas construyen los temas, los personajes y la estructura narrativa, algunas veces con una visión determinista y cerrada, y otras con una visión más compleja y amplia. Para Birge (2012):
La neuroficción […] ofrece representaciones complejas de la intersección entre el cerebro y la cultura, ayudando a dilucidar cómo las interacciones de las estructuras y procesos biológicos, los entornos físicos y las interacciones sociales (incluyendo instituciones como los sistemas jurídico y sanitario) operan para construir la comprensión individual y social.
La escritora puertorriqueña Vanessa Vilches Norat se inserta en el círculo de escritores de neuroficción, demostrando su claro interés neurocientífico desde su primera entrega,
Crímenes domésticos (2019) y afianzado sus preocupaciones en
Espacios de color cerrado (2014). En estas colecciones de cuentos, la escritora da protagonismo a su interés por la mente, la conducta humana y el otro. Lo que distingue a Vilches Norat es su abanico de neurocuentos, que van desde la narración cuasiclínica de los sucesos hasta la genuina empatía por sus personajes neurodivergentes. La autora coloca nuevas perspectivas en el centro del relato, dándoles voz a los otros o insinuando sus voces, apuntando a la complejidad de estas figuras y desafiando la idea de que son sólo casos de estudio. Este análisis busca:
- Examinar cómo la literatura dialoga con las neurociencias.
- Analizar cómo se construyen personajes neurodiversos en relación con procesos neurológicos, vivencias y contextos socioculturales.
- Cuestionar el cerebrocentrismo a través de estructuras, símbolos y la empatía del lector.
- Considerar los aportes éticos y emocionales de la literatura a la comprensión del individuo.
De los neurocuentos de Vilches Norat, “Neurobiótica” (pp.99-102) es el que exhibe de forma más simple y directa a las neurociencias. En este cuento Luci utiliza el libro de ejercicios neurobióticos de Larry Katz y Manning Rubin para mantenerse ágil mentalmente. Con esas ideas decide: a) involucrar varios sentidos en un contexto nuevo, b) combinar sentidos de forma extraordinaria, y c) romper la rutina de manera inesperada. Luci ejecuta esta neurogimnasia de diferentes formas: utiliza su mano no dominante para las tareas, se viste con los ojos cerrados, sazona sus comidas con nuevos condimentos y hasta camina de espaldas. Estas prácticas se mencionan cuidadosamente y el vocabulario científico se vuelve protagonista. El narrador habla de las neuronas, las dendritas, las neurotrofinas, las zonas del cerebro, el cerebro como músculo, el Alzheimer, las conexiones neurológicas, la neurogimnasia y, por supuesto, neurocientíficos reales.
Con la mención de estos términos y la falta de información sobre el sentir de Luci, el personaje parece reducirse a su condición neurológica, pues carece de una identidad más compleja que humanice su paso en el neurocuento. Esto contrasta con el título que arroja una referencia biológica que debería cancelar la idea cerebrocentrista del texto. El protagonismo de lo biológico denota mucho más que sólo los procesos mentales. Morales Campos (en Pardo Fernández et al., 2021) lo explica: “Si aisláramos el cerebro del cuerpo, el cerebro no podría llevar a cabo ninguna función”. Por lo tanto, el cuerpo se convierte en elemento indispensable que conecta al cerebro con el mundo. El personaje no debería estar conformado sólo por sus patrones de pensamiento, sino por la suma de experiencias físicas y socioculturales que forman al individuo. ¿Qué aspectos emocionales y sociales presenta el narrador sobre Luci? Con los cambios a su rutina, la mujer mejoró su memoria y lucidez, y se sentía más viva, feliz, “lúcida y divertida” que nunca. El lector también conoce la relación con el hijo que fomenta su transformación y la oposición del resto de su familia a la neurogimnasia, pues Luci ha sufrido golpes y caídas a causa de los ejercicios. Por la información limitada sobre sus emociones, el lector cobra un papel importante al descifrar su historia y motivos.
Vilches Norat es una escritora comprometida con las subjetividades de las conductas humanas. Su mirada femenina y feminista la lleva a cuestionar las interacciones violentas que suelen asumirse como “naturales” por razones biológicas o sociales, pero que se tornan inquietantes cuando son cuestionadas. Según Vilches, “Es la violencia escondida, retenida, que existe en todas las familias, que siempre se trata de obviar, pero está ahí porque toda relación implica cierta violencia” (“Violenta la pasión filial”, 2008). Es posible ver esa violencia sutil en “Neurobiótica”. Queda claro que la memoria de Luci está frágil por las rutinas “que esconden el efecto perverso de limitar el cerebro”. Estos hábitos que envejecen el cerebro pueden relacionarse con las ideas patriarcales que otorgan a la mujer un lugar de responsabilidades tanto fuera como dentro del hogar. Los aeróbicos mentales vienen a producir las neurotrofinas que “fortalecen las conexiones entre las neuronas y ayudan a las dendritas a mantenerse jóvenes y fuertes”. Entonces, romper con las rutinas patriarcales representa el rejuvenecimiento de la protagonista. Remozar el cerebro calma también sus preocupaciones: “Vivía angustiada por perder la cabeza y molestar a sus hijos en la vejez”; incluso, repetía que sus hijos iban a agradecer este gesto de desarrollar su salud mental. Su último objetivo era transformar por completo su cotidianidad y lo hace desapareciendo de sus rutinas como esposa y madre. El personaje reta las nociones culturales del rol materno, haciendo posible para el lector experimentado engranar con su experiencia. Todo el neurocuento es realmente el trayecto de Luci a sentirse dueña de su mente y de sus actos, y lo logra gracias al desarrollo de la neuroplasticidad de su cerebro.
El segundo relato con intereses neurocientíficos se titula “Sesenta y cinco veces por segundo” y va de la terminología a los procesos asociados con las neurociencias; de la violencia patriarcal a la violencia cultural institucionalizada y justificada por los avances científicos. En este neurorrelato, un padre está preocupado por su hijo de ocho años: “brinca, rompe, maldice […] Patea todo lo que encuentra en su camino. Destroza todo lo que toca”. Su familia sufre ante las reacciones del niño y la maestra condena su comportamiento, así que los doctores proponen la lobotomía como solución. En el cuento se describe el procedimiento:
Se introduce el cortafrío en la órbita del ojo para llegar al cráneo […]. Con un martillo, se dan varios golpecitos suaves al mango del cortafrío. Tres movimientos hacia los lados —derecha, izquierda, derecha— y ya. Se rompieron los conectores que unen el lóbulo frontal con el cerebro. Cris, cras, cris y el dolor desaparece.
Aunque no se especifica el trastorno, un neurocirujano diagnostica al niño y convence al padre de que en diez minutos podrá evitar el sufrimiento de la familia. Según el texto, cinco mujeres y un niño fueron sometidos a lobotomías el 14 de mayo de 1953. El resultado es desgarrador: “El cuerpo silente caminaba a su lado. Dócil. Domesticado. Inmóvil. Apenas pronunciaba palabra”. Aunque la perspectiva infantil está ausente, estas palabras reconocen al pequeño como sujeto pasivo de la intervención quirúrgica y esto sirve como estrategia literaria para presentar su inocencia.
LAS LOBOTOMÍAS REPRESENTARÍAN EL MEDIO PARA SILENCIAR AL QUE SE RESISTE, AL QUE NO SE ADAPTA
El texto problematiza la visión reduccionista de su diagnóstico a través de la ingenuidad del personaje, la estructura narrativa y los símbolos presentados. Tiene la forma de una historia fragmentada, lo cual conecta con la idea misma de las lobotomías. Según el narrador, “La lobotomía transorbital reduciría la capacidad de sentir la continuidad del ser”. Por consiguiente, la fragmentación del texto es también la fragmentación del niño; es romper con el flujo de vida orgánico y natural de su cerebro. Los diferentes fragmentos trabajan acercamientos interesantes a las lobotomías. Los fragmentos más clínicos e históricos hablan de la visita del Dr. Walter Freeman II, neurocirujano estadounidense real y especializado en lobotomía, y cómo es el proceso de las lobotomías. También, se describe el comportamiento del niño y el resultado de la intervención quirúrgica: la muerte figurativa del ser. El fragmento más filosófico insinúa el dilema ético sobre el proceso de alcanzar la “normalidad” a través de las lobotomías. Mientras recuerda a Descartes y Gall, el narrador cuestiona: “¿Sospecharía[n] que el comportamiento humano podría ser modulado quirúrgicamente? […¿]Sospecharía [el padre] que su dolor, anclado al cerebro del hijo, podría aliviarse con un cortafrío[?]”. Entonces, el narrador reduce al niño a un objeto que puede moldearse quirúrgicamente. Por último, los fragmentos más simbólicos explican las lobotomías como un coco que se abre a machetazos y deja “un cuenco vacío”, un clavo que explota una pelota (fragmento 4) y un circo que malabarea con la vida del niño (fragmento 5). En el caso del pequeño, el padre lo sueña como un picaflor enjaulado, cuyas alas “golpetean” sesenta y cinco veces por segundo, pero no alcanza el néctar de la flor.
En el siglo XX las lobotomías se emplearon para atender una variedad de trastornos y tendencias de forma rápida, a pesar de que sus resultados no fueran consistentes ni concluyentes y de que el género, la raza y la edad representaran factores importantes en su aplicación. Mujeres, ancianos y niños constituían la mayoría de los pacientes lobotomizados en Estados Unidos. Como parte de una audiencia del senado, Breggin (1973) confirma: “Un neurocirujano se niega a responder preguntas sobre la raza de sus jóvenes pacientes y no permite que periodistas e investigadores legales los vean. Pero alguien se cuela en las salas y descubre que tres de los niños son negros”. Su discurso buscaba exigir mayor entrenamiento social, ético y legal a los profesionales de la salud, misma idea que el neurocuento fomenta. Por otro lado, Tone y Koziol (2018) apuntan al silencio como razón para impactar a estos grupos:
En una época en la que se esperaba que las mujeres fueran tranquilas, cooperadoras y atentas a los asuntos domésticos, las definiciones de enfermedad mental estaban tan arraigadas culturalmente como sus tratamientos. Una cirugía que volvía a las pacientes dóciles y obedientes, pero lo suficientemente bien como para regresar a sus hogares y cuidar de ellos, tuvo muchos defensores.
Una lectura cuidadosa puede arrojar luz sobre las variables racistas y edadistas que convierten al chiquillo en sujeto de estudio: un neurocirujano estadounidense opera a un niño de Puerto Rico (colonia estadounidense) con problemas de conducta. El colonizado se convierte en conejillo de indias para el desarrollo de medicamentos y tratamientos, y las lobotomías representarían el medio para silenciar al que se resiste, al que no se adapta. El muchacho dejará de ser “un problema” para la sociedad y las fuerzas hegemónicas. Esta interpretación sociopolítica puede confirmarse con una mirada a otro neurorrelato vilcheano en que se menciona que el protagonista, un doctor hispanoamericano, quedó “Seducido por la promesa de
modernidad con que se disfrazó la invasión norteamericana en el país”.
Mignolo (2010) ya advertía esta relación modernidad-colonialidad: “La retórica de la modernidad (salvación, novedad, progreso, desarrollo) apareció junto con la lógica de la colonialidad. En algunos casos, a través de la colonización. En otros […] por medio de manipulaciones diplomáticas y comerciales”. En este sentido, se establece un discurso de lobotomía-salvación fundamentado en el deseo de control de los poderes hegemónicos. En vez de abordar los problemas concienzudamente, la reacción a las conductas agresivas del pequeño es otra acción rápida, violenta y legalizada. En cada fragmento, las diferentes perspectivas y símbolos permiten contradecir el cerebrocentrismo de los actos presentados. El lector empatiza con diferentes personajes y se incomoda con lo que ocurre.
El último cuento de corte neurocientífico da voz completa a la neurodivergencia de su protagonista. “La casa de la memoria” (pp. 25-55) expone dos historias que se entrelazan mediante fragmentos con diferentes narradores y focalizaciones. Las historias representan dos formas de escritura: el texto científico y el literario. Como ejemplo de un texto más sobrio se muestra al doctor Francisco de Goenaga, médico real entre los siglos XIX y XX, como narrador de su historia. En el texto de Vilches el doctor define el cerebro como una “especie de santuario de las células nerviosas en donde se produce la sensación y en donde se apoya la inteligencia”. La pasión por este santuario lo llevó a ampliar el alcance de sus responsabilidades: “sacaba [a sus pacientes] de las cárceles, los defendía en las cortes, luchaba porque los trataran como hombres”. Se presentan las ejecutorias de Goenaga como médico encargado de la única institución de atención psiquiátrica de la isla: a) separar el área de psiquiatría del asilo, b) mejorar la limpieza y los recursos, c) mover a los pacientes de las cárceles, d) proveer tratamiento psicoterapéutico, e) rehabilitar mediante talleres, f) adiestrar al personal y g) proveer espacios para la creatividad, entre otros. Esta narración vilcheana conecta con los escritos reales del galeno: “Los escritos de Goenaga hablan de la necesidad de imitar a países supuestamente más civilizados y culturalmente progresistas que tratan sus asilos como centros clínicos en lugar de cárceles” (Disdier, 2012). Como persona y personaje, Goenaga encamina la transformación de la calidad de vida de los pacientes. Ciertamente, las acciones de este médico contrastan con las llevadas a cabo por el neurocirujano norteamericano en “Sesenta y cinco veces por segundo”. Hay cuidado, detalle, practicidad, conocimiento holístico y empatía en el doctor hispanoamericano. Lo interesante y paradójico de la descripción de esta trayectoria es que Vilches Norat dota al narrador de las palabras propias de la época en que sucede la trama. Por lo tanto, el vocabulario que usan el doctor y su esposa Josefa no es políticamente correcto para los lectores actuales. Los personajes hablan de locos, dementes, idiotas, histéricas, pobres infelices, loqueros y manicomios. Este vocabulario concede más realidad al contexto de la narración y da carácter documental a sus escritos, pero despierta nuevamente la incomodidad del lector.
Como ejemplo de un texto más literario, una escritora con Alzheimer busca reivindicar la obra de este psiquiatra olvidado. La pasión de Clarisa, narradora y protagonista de la historia, por escribir sobre la huella del doctor Goenaga en el desarrollo de una psiquiatría más humana la lleva a ciertas obsesiones que acompañan su desorden neurodegenerativo. Los pensamientos persistentes se perciben especialmente en el ámbito de la escritura. Clarisa se obsesiona con contar la historia de Goenaga. Asimismo, buscar páginas perdidas se convierte en una compulsión irrefrenable. Ella se fija en la organización del texto, en los bosquejos interminables para no olvidar, en el tic tac del reloj en una noche de insomnio y en las palabras que la eluden. No le molesta perder objetos, pero perder las palabras la aterra:
Si no las consigo, me pierdo, sufro un vértigo terrible. Además, me obsesiono todo el día, busco lo que no encuentro y nadie, nadie puede ayudarme, porque las llaves todos las reconocen y pueden recorrer en peregrinación forzosa al despiste de mamá, […] pero las palabras son ellas y, a veces, no hay aproximación”.
Después de perderse mientras conducía, sus miedos se materializan cuando le descubren lesiones en el cerebro. El Alzheimer le dificulta terminar su anhelado texto y alimenta la narrativa metaficcional de Vilches Norat: la memoria, la coherencia y la disciplina se vuelven centrales en el progreso de cualquier texto.
En este cuento, el lector conoce los pensamientos y las emociones de los personajes a través de sus propias voces o de narradores que empatizan con ellos. El caso más importante de desarrollo se da en Clarisa, cuya memoria se presenta como un terreno frágil por el Alzheimer. Ella misma reflexiona sobre la complejidad de sus miedos y conductas. La protagonista teme que otros la llamen histérica por sus compulsiones y reconoce los efectos “sedativos” de ceder a ellas; se describe como “neurótica” y “dudosa obsesa” con una “demencial manía de contar”; se llama “huérfana de lenguaje” por olvidar palabras, personas y lugares; le inquietan las repeticiones propias del olvido y le huye a cualquier diagnóstico desfavorable. El momento de mayor empatía ocurre cuando Clarisa sentencia: “Seré ese zombie que fue papá. Un árbol gigante que olvida mover sus ramas”. Esta reflexión despierta una absoluta compasión por las vivencias que dan origen al miedo del personaje y muestra el panorama que un reporte científico raras veces puede capturar.
LA LITERATURA HA PERMITIDO UNA COMPRENSIÓN MÁS HUMANA Y EMOCIONAL DE LAS OBSERVACIONES CIENTÍFICAS
Entre esos complejos pensamientos y emociones, llegan consideraciones sobre una visión divergente. Clarisa aclara que ha aprendido a ser más paciente consigo misma y declara que “no hay forma de escribir si no es olvidando”. Va aceptando sus cambios y comprende que no terminará su novela. Dos citas rompen con el miedo que antes se apoderaba de ella. Primeramente, la protagonista desea que la lleven al asilo y, al referirse a este, comenta: “Una casa de la desmemoria sería un hermoso proyecto”. La tranquilidad de perder la memoria frente al mar, mirando los atardeceres, es un cambio en su forma de pensar y sentir sobre el Alzheimer. Por otro lado, la protagonista “Desea más que nada el olvido total. Sería como una página en blanco” y es aquí donde llega al cenit de cambio de perspectiva. El olvido surge como solución a la obsesión escritural. La nueva Clarisa es más joven e ingenua, no reconoce a su familia, no disfruta de los mismos dulces, no sabe lo que es un psiquiatra, no reconoce su propia letra y prefiere dibujar a escribir. Dentro del personaje ya no hay preocupaciones ni miedos, hay un nuevo orden y una nueva normalidad. Sin embargo, sus experiencias como lectora y escritora siguen en lo profundo de su mente: cuando está frente al espejo habla con Josefa, quien según Clarisa es su amiga y no la esposa de Goenaga. Esta interacción resulta una invitación a repensar los límites entre lo consciente y lo inconsciente, entre lo real y lo fantasioso.
En conclusión, así como las neurociencias han influenciado el entendimiento de la mente humana, la literatura ha permitido una comprensión más humana y emocional de las observaciones científicas. Esta cara solidaria impide que un personaje se reduzca a los comportamientos de sus neurodivergencias; al contrario, permite que se perciban en toda su complejidad y humanidad. Estos tres neurorrelatos de Vanessa Vilches Norat corroboran que es posible establecer un diálogo entre conceptos neurocientíficos y las subjetividades propias de los personajes, arraigadas siempre en un bagaje psicosocial. El lector de neurocuentos puede hallar representaciones neurodiversas con las cuales conectar mediante las voces, las metáforas y la forma misma del texto. Luci, el niño y Clarisa logran tres niveles distintos de conexión; la primera desde la agilidad mental como punto de partida para la liberación feminista; el segundo desde la inocencia que busca empatía y procesos más éticos para manejar las diferencias, y la tercera desde los complejos pensamientos y sentires de quienes van obsesionándose, envejeciendo y olvidando. En otros neurocuentos vilcheanos el lector también conoce la mente de individuos con compulsiones sexuales, adictos a los videojuegos, acumuladores compulsivos, mujeres en depresión postparto, los que trascienden a través del peyote y hasta periodistas que empatizan con asesinos. “Neurobiótica”, “Sesenta y cinco veces por segundo” y “La casa de la memoria” son los textos más directamente relacionados con las neurociencias, pero sirven de introducción a otras complejidades de la mente y el cuerpo. Birge (2012) ya anunciaba el valor de textos como estos: “estudiar la neuroficción puede mejorar la comprensión de los científicos sobre las interacciones entre el cerebro y la mente”. Los neurorrelatos vilcheanos son otro peldaño en ese escalafón.
Wildalis Martínez Rivera es doctora en filosofía y letras con especialidad en literatura puertorriqueña y del Caribe, por el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe. Actualmente labora como profesora y subcoordinadora del Departamento de Español en UNAM-San Antonio.
Referencias
Birge, Sarah (2012). “Brainhood, Selfhood, or ‘Meat with a Point of View’: The Value of Fiction for Neuroscientific Research and Neurological Medicine.” In Littlefield, Melissa M. & Johnson, Jenell M. (Eds.),
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https://www.jstor.org/stable/10.3998/mpub.4585194.
Breggin, Peter Roger (1973). “The Second Wave”.
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Disdier, Carlos M. (2012).
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Mignolo, Walter D. (2010). “La colonialidad: la cara oculta de la modernidad.”
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https://monoskop.org/images/5/57/Mignolo_Walter_2009_La_colonialidad_la_cara_oculta_de_la_modernidad.pdf
Pardo Fernández, Rodrigo.; González Vidal, Juan Carlos & Morales Campos, Arturo (9 de diciembre de 2021, December 9). “Semiótica, literatura y neurociencias”,
mesa 4 del XVI Coloquio de Neurohumanidades, Primer Coloquio Iberoamericano: “Transdisciplina, creatividad y neuroartes escénicas”. México: Universidad Autónoma de Querétaro y Universidad Autónoma de Chiapas. Registro en video:
https://youtu.be/UbCxjgs-YNU?si=Q0qqWFgG1q93GiGQ.
Tone, Andrea & Koziol, Mary (2018). “(F)ail
ing women in psychiatry: lessons from a painful past.” Canadian Medical Association Journal 190(20).
https://doi.org/10.1503/cmaj.171277.
Vilches Norat, Vanessa (2014).
Espacios de color cerrado. San Juan: Ediciones Callejón.
Vilches Norat, Vanessa (2019).
Crímenes domésticos. Cabo Rojo: Editora Educación Emergente. “Violenta la pasión filial” (22 de febrero de 2008).
Primera hora.
https://www.primerahora.com/entretenimiento/farandula/notas/violenta-la-pasion-filial/.