Encuadre
12 de agosto de 2025
El cerebro en conflicto. Emociones y decisiones en la encrucijada del riesgo
Por: Francisco Sotres Bayón
EL DILEMA COTIDIANO
El aroma de los tacos recién hechos flota desde la esquina. Tu estómago ruje. Frente a ti, una calle con autos que pasan a toda velocidad y un semáforo descompuesto que cambia sin sentido. Tienes prisa y justo enfrente está tu taquería favorita. La decisión parece sencilla: cruzar ahora, arriesgarte y comer lo que deseas en el momento que lo deseas o esperar, mantenerte a salvo, pero perder la oportunidad de saciar el hambre y el antojo.
Sin darte cuenta, tu cerebro evalúa en fracciones de segundo si vale más el placer inmediato o la seguridad. Detrás de escenas tan cotidianas como esta se libra un conflicto interno en el que emociones, deseos y precauciones compiten por guiar tu conducta. Y aunque ocurre en un instante, este proceso refleja cómo nuestras más básicas decisiones están profundamente marcadas por las emociones.
PROCESOS CEREBRALES EN ACCIÓN
Cada día enfrentamos elecciones como esa. Aunque no todas involucran tacos y tráfico, todas implican un balance entre lo que deseamos y lo que tememos. Nuestro cerebro se encarga de sopesar estas fuerzas. Por un lado, la amígdala
—una pequeña estructura en forma de almendra ubicada en lo más profundo del cerebro— se activa al percibir una amenaza; por otro, el estriado ventral, parte del sistema de recompensa, nos impulsa a buscar lo que nos agrada. Y en la parte más frontal del cerebro, la corteza prefrontal actúa como mediadora, evaluando y regulando estas señales para tomar una decisión rápida y adecuada.
MODELO ANIMAL DEL CONFLICTO
En el laboratorio hemos diseñado experimentos con ratas para entender cómo se toman decisiones bajo conflicto emocional. Por ejemplo, entrenamos ratas para que crucen una zona segura a fin de obtener comida y, posteriormente, les presentamos un obstáculo que representa peligro: una reja que puede dar descargas leves. Cuando no hay amenaza las ratas cruzan sin vacilar, pero cuando el riesgo aparece dudan, se acercan, se detienen, retroceden y, finalmente, deciden. Esta vacilación es muy similar a la incertidumbre que experimentamos al decidir si cruzamos una calle peligrosa para alcanzar una recompensa.
Al observar lo que ocurre en su cerebro, revelamos cómo se activan los sistemas de defensa y recompensa. Mientras la amígdala emite señales de alarma, el estriado ventral impulsa la búsqueda de lo agradable y la corteza prefrontal modula estas respuestas para encontrar un equilibrio. En ciertas condiciones este sistema regula tan bien el balance que el animal se arriesga y obtiene el beneficio; en otras, el miedo prevalece a costa de no comer. Esta dinámica no es exclusiva de las ratas, sino que también se refleja en nosotros cuando enfrentamos decisiones personales, desde elegir hablar o callar hasta decidir correr o quedarnos en un sitio.
MEMORIAS EN COMPETENCIA
Las experiencias previas también influyen significativamente. Cuando una rata asocia una señal (por ejemplo, un sonido) con una experiencia negativa, desarrolla una memoria de peligro. Si luego esa señal se repite sin consecuencias negativas, aprende una memoria de seguridad. Estas dos memorias compiten por influir en la siguiente respuesta. Un elemento crucial en este proceso es el hipocampo, fundamental para formar y actualizar recuerdos. Cuando promovemos la producción de nuevas neuronas en esta zona, los animales son más capaces de “cambiar de opinión”: dejan atrás el miedo y actúan de forma más adaptativa. Esta flexibilidad es esencial ya que, sin ella, las decisiones quedarían atrapadas en experiencias pasadas.
También hemos estudiado escenarios en los que el animal debe elegir entre una recompensa conocida y la seguridad. Por ejemplo, una rata que ha aprendido a presionar una palanca para obtener comida debe decidir si, al detectar una señal de peligro, renuncia a su premio y opta por subir a una plataforma segura. Esta elección refleja un conflicto entre el deseo y la cautela. En estos casos, la habénula —cuyo nombre significa “pequeña rienda” en latín— interviene para evaluar si continuar arriesgándose vale la pena o si es mejor detenerse.
Estos hallazgos, obtenidos a lo largo de casi una década en la UNAM en colaboración con equipos nacionales e internacionales, nos permiten entender de manera integral cómo las experiencias emocionalmente significativas se transforman en memorias que guían las decisiones. Es decir, nuestras elecciones se basan en la interacción entre lo que hemos aprendido como peligro y lo que hemos experimentado como seguridad o recompensa.
LAS EXPERIENCIAS EMOCIONALMENTE SIGNIFICATIVAS SE TRANSFORMAN EN MEMORIAS QUE GUÍAN LAS DECISIONES
APLICACIONES PARA LA SALUD Y LA SOCIEDAD
Este conocimiento tiene importantes aplicaciones para la salud mental. Por ejemplo, comprender cómo el cerebro equilibra la búsqueda de recompensa y la de seguridad nos permite diseñar intervenciones específicas para prevenir conductas de riesgo. Si identificamos que ciertas conductas impulsivas surgen, por ejemplo, de una amígdala hiperactiva y una débil regulación prefrontal, se pueden desarrollar terapias o programas educativos que “reentrenen” estos circuitos cerebrales, ayudando a las personas a tomar decisiones más seguras. Así, mediante terapias basadas en la evidencia (como intervenciones que combinan técnicas cognitivas y atención plena), sería posible mejorar la regulación emocional y prevenir conductas riesgosas, aportando beneficios concretos a la sociedad.
Estos descubrimientos tienen un impacto que trasciende el consultorio. En una sociedad como el México de nuestros días, marcada por desigualdades, violencia y estrés, comprender cómo el cerebro decide en situaciones difíciles nos permite diseñar intervenciones que actúan directamente sobre los circuitos del miedo y la recompensa, favoreciendo decisiones más seguras. Esto puede traducirse en entornos más seguros, en políticas públicas más sensibles y en programas educativos que ayuden a reducir la impulsividad en situaciones críticas.
REFLEXIONES FINALES
Finalmente surge una pregunta que invita a la reflexión: ¿somos máquinas que procesan información de forma fría y racional o seres emocionales que sienten antes de decidir? Más que la máxima cartesiana “pienso, luego existo”, tal vez sería más acertado decir “me emociono, luego decido”. Porque nuestras decisiones no resultan sólo de cálculos racionales, sino de una compleja danza entre emociones, recuerdos, contextos y deseos. Comprender mejor cómo nuestro cerebro consigue el equilibrio entre enfrentar el peligro y buscar el placer nos acerca al desarrollo de terapias que optimicen la toma de decisiones y mejoren el bienestar emocional. Con cada nuevo hallazgo nos aproximamos a una visión más completa de lo que significa ser humano, pues entender cómo decidimos es, en esencia, entender quiénes somos.
NUESTRAS DECISIONES NO RESULTAN SÓLO DE CÁLCULOS RACIONALES, SINO DE UNA COMPLEJA DANZA ENTRE EMOCIONES, RECUERDOS, CONTEXTOS Y DESEOS
Francisco Sotres Bayón estudió biología en la UNAM; obtuvo su doctorado en neurociencias en la Universidad de Nueva York y ha realizado una estancia posdoctoral en la Universidad de Puerto Rico. Es investigador titular en el Instituto de Fisiología Celular de la UNAM, en cuyo laboratorio de neurociencias conductuales desarrolla su trabajo alrededor de la neurobiología de la toma de decisiones en función de miedo y recompensa.