Encuadre   

Número 10

12 de agosto de 2025

La inteligencia de las hormigas. Cerebros diminutos: ¿Cómo pueden construir sociedades enormes?

Por: Ingrid Fetter-Pruneda
UNA SOCIEDAD SIN LÍDER
Cuando pensamos en sociedades complejas a menudo nos imaginamos ciudades bulliciosas, redes de comunicación globales o instituciones imponentes, pero mucho antes de que surgiera la civilización humana, la naturaleza ya había producido ejemplos extraordinarios de cooperación, división del trabajo y trabajo colectivo: las colonias de hormigas. Estos diminutos insectos, cada uno con un cerebro minúsculo, construyen sociedades notablemente sofisticadas; cuidan de sus crías, cultivan, libran guerras y coordinan proyectos masivos de construcción, todo sin un líder central.


Esta imagen fue merecedora de una mención honorífica en el concurso Fotografía científica, UNAM 2025, categoría “Proyectos de investigación”, en la que participaron institutos, centros y programas de los subsistemas de Investigación Científica y de Humanidades, así como de las facultades y escuelas de nivel superior, organizado por la Dirección General de Divulgación de la CIencia de la UNAM.

https://concursofoto.dgdc.unam.mx/ganadores-2025-proyectos-de-investigacion/


Cerebro de una hormiga obrera cortadora de hojas del género Atta (Acromyrmex sp.). La imagen muestra el neuropéptido inotocina en amarillo. Los dos puntos amarillos brillantes son las neuronas que producen inotocina, mientras que los puntos amarillos más pequeños son vesículas llenas de neuropéptidos. El ADN se muestra en cian y las estructuras celulares (actina) en magenta.
Daniela Vega Olvera

Aunque una colonia de hormigas tiene una reina, ella no dirige ninguna actividad en el nido. Las colonias de hormigas a veces se llaman “super organismos” porque funcionan como un todo compuesto por muchas partes interdependientes. No hay una hormiga jefa que emita órdenes; en cambio, los comportamientos complejos emergen de innumerables pequeñas interacciones, principalmente a través de señales químicas llamadas feromonas. Esta coordinación descentralizada permite a las hormigas construir intrincados nidos, responder a los cambios ambientales y adaptar su fuerza laboral en función de las necesidades con una eficiencia extraordinaria.

Cada hormiga tiene un papel (enfermera, recolectora, soldado, reina) y pueden pasar de uno a otro dependiendo de la edad, las condiciones ambientales y las necesidades de la colonia. Lo notable es que estos cambios de comportamiento van acompañados de cambios profundos y dinámicos en la química, la estructura y la expresión génica del cerebro, un ejemplo sorprendente de la plasticidad cerebral en acción.

CEREBROS QUÍMICOS Y CONTEXTOS SOCIALES
A pesar de tener sólo unas doscientas cincuenta mil neuronas (en comparación con las ochenta y seis mil millones que tiene el cerebro humano), las hormigas dependen de muchos de los mismos neuromoduladores que nosotros, como la serotonina, la dopamina y la octopamina, para regular la motivación, el estado de ánimo y el comportamiento. En nuestro laboratorio, en el Instituto de Investigaciones Biomédicas de la UNAM, estudiamos cómo estas sustancias químicas cerebrales dan forma a los comportamientos sociales, cómo cambian con la edad o la tarea y cómo los diferentes cerebros de las hormigas están programados para trabajos distintos [ver: UNAM Internacional 1, p. 56].

Hemos descubierto que los genes implicados en la producción de neuromoduladores como la dopamina y la octopamina se activan o desactivan en función de la edad y el papel de la hormiga. Estos compuestos químicos ayudan a regular el comportamiento, sea para buscar alimento, para cuidar a las crías o para proteger el nido. A fin de comprender su impacto, estamos construyendo mapas detallados del cerebro de las hormigas, identificando dónde se encuentran los tipos clave de neuronas (las que producen dopamina, octopamina o serotonina) y cómo se conectan.

También estudiamos una molécula llamada inotocina, equivalente en los insectos a la oxitocina, que en los mamíferos desempeña un papel en el vínculo social. En las hormigas los niveles de inotocina son más altos en las recolectoras que en las nodrizas y el aumento de sus niveles puede hacer que las hormigas sean más propensas a abandonar el nido. Pero el mismo producto químico puede producir diferentes efectos dependiendo del contexto de la colonia. Por ejemplo, el aumento de la inotocina hace que las hormigas viejas se alimenten más cuando hay larvas presentes. Sin embargo, cuando las larvas están ausentes y las pupas presentes, la inotocina hace que las hormigas jóvenes busquen más alimento. Esta notable modulación dependiente del contexto pone de manifiesto lo flexibles y plásticos que son los cerebros de las hormigas, no sólo en su estructura y actividad génica, sino también en cómo son moldeados por las interacciones sociales y las señales ambientales.



Hormigas obreras de Acromyrmex sp.
Ingrid Fetter-Pruneda

EL ENIGMA REAL: FERTILIDAD Y LONGEVIDAD
Uno de los enigmas más fascinantes de la biología de las hormigas es el vínculo entre la reproducción y la longevidad. Las reinas viven de treinta a cuarenta veces más tiempo que las obreras, a pesar de que su genoma es esencialmente el mismo. En la mayoría de los animales la fertilidad tiene un costo para la esperanza de vida, pero las hormigas reinas son al mismo tiempo muy fértiles y notablemente longevas.

Para entender cómo sucede esto estudiamos los cerebros y ovarios de reinas y obreras. Una diferencia clave que hemos encontrado está en la vía de señalización de la insulina, un importante regulador del envejecimiento y el metabolismo: en las reinas esta vía es más activa en el cerebro. Estos hallazgos sugieren que las hormigas reinas han desarrollado formas únicas para evitar la compensación típica entre fertilidad y longevidad. Estos cambios son un ejemplo más de la extraordinaria plasticidad neuroendocrina que se encuentra en estos insectos. Descubrir cómo lo hacen podría ayudarnos a comprender mejor el envejecimiento y la salud del cerebro en los seres humanos.

ESTO DESAFÍA LA IDEA LARGAMENTE SOSTENIDA DE QUE EL CEREBRO PIERDE PLASTICIDAD A EDADES MÁS AVANZADAS

RECABLEADO DEL CEREBRO EN LA EDAD ADULTA
Para entender lo flexible que puede ser el cerebro estudiamos tres especies de hormigas con sistemas sociales muy diferentes. En uno, los roles como reina y obrera están fijados de por vida. En otro, algunas obreras pueden asumir el papel de la reina si ella muere, comportándose como reinas, activando sus ovarios y viviendo más tiempo. Una tercera especie está formada por clones que cambian naturalmente entre comportamientos de reina y de obrera.

Al comparar estas especies estamos descubriendo los genes y las vías que permiten a las hormigas adultas cambiar su comportamiento, su fisiología e incluso su función cerebral. Estos descubrimientos arrojan luz sobre cómo los cerebros se adaptan a las circunstancias cambiantes de la vida.

Creemos que nuestros hallazgos en hormigas ofrecen un poderoso ejemplo de cuán flexible puede ser el cerebro adulto. En algunas especies, los individuos pueden remodelar drásticamente sus cerebros y cuerpos en respuesta a cambios en su entorno social, mucho después de que se complete el desarrollo. Esto desafía la idea largamente sostenida de que el cerebro pierde plasticidad a edades más avanzadas. Al estudiar estas notables transformaciones en las hormigas, esperamos arrojar luz sobre los mecanismos biológicos que sustentan la plasticidad cerebral, un conocimiento que eventualmente podría informar la investigación sobre el aprendizaje, la recuperación y el envejecimiento en el cerebro humano.

Al estudiar a las hormigas no tratamos sólo de comprender a los insectos, sino también los principios fundamentales del comportamiento social, de la cooperación y de la adaptabilidad que rigen todo tipo de vida. Las hormigas nos muestran que la inteligencia no siempre requiere de un gran tamaño ni de control centralizado. Puede surgir de la interacción: entre las neuronas, entre los individuos y entre el cerebro y el medio ambiente.



Hormigas cortadoras de hojas (Atta mexicana) alimentándose de una rosa
Ingrid Fetter-Pruneda

Creemos que estos pequeños animales tienen claves gigantes para entendernos a nosotros mismos; no sólo cómo pensamos y envejecemos, sino cómo vivimos y trabajamos juntos. Mediante el uso de hormigas como sistemas modelo novedosos nuestra investigación descubre principios fundamentales de plasticidad cerebral, comportamiento social y longevidad que a menudo son inaccesibles en los modelos tradicionales. Este trabajo, basado en ciencia básica, ha sido apoyado por organizaciones internacionales y nacionales, incluyendo el Consorcio Global para la Longevidad e Igualdad Reproductiva (GCRLE) del Instituto Buck, y el programa PAPIIT de la UNAM. Nuestros hallazgos ponen de manifiesto el poder de los enfoques comparativos en biología y cómo incluso las criaturas más pequeñas pueden transformar la forma en que entendemos la vida misma.

AL ESTUDIAR A LAS HORMIGAS NO TRATAMOS SÓLO DE COMPRENDER A LOS INSECTOS, SINO TAMBIÉN LOS PRINCIPIOS FUNDAMENTALES DEL COMPORTAMIENTO SOCIAL

De los sistemas emergentes a la inteligencia artificial

UNAM Internacional


Un par de décadas atrás, el divulgador científico estadounidense Steven Johnson publicó Sistemas emergentes, un libro que exploraba ámbitos en los que era posible ver cómo se daban cambios hacia una especie de sistematicidad funcional sin mando central, sin intención ni dirección aparente. Desde las nacientes ciencias de la complejidad y con base en el ejemplo del moho de fango o mucilaginoso, una especie de protista (un ser vivo muy simple que no cae dentro de la clasificación de hongo, planta o animal) cuyas células independientes son capaces de unirse y organizarse en una especie de organismo mayor, el autor describió cuatro tipos de sistemas autoorganizados.

El primero fue el de las colonias de hormigas que, como explica la doctora Fetter en el presente artículo, son capaces de desarrollar complejas estructuras de comportamiento y construcción sin tener una dirección centralizada (aunque Johnson no tuvo a mano la intervención de compuestos químicos en la modificación de comportamientos de las hormigas, que vuelve a estos procesos un tanto menos “casuales” o automáticos).

Después consideró el cerebro humano: las investigaciones neurocientíficas de principios de siglo mostraban ya situaciones de autoorganización neuronal en lo que más adelante se entendería como redes neuronales y en los procesos de transmisión de la información a través de ellas: la sorpresa estaba en averiguar cómo estos sistemas aprenden.

A continuación, abordó a las ciudades que, al menos antes de que se desarrollara el urbanismo moderno, alcanzaban estados de organización sin aparente planeación, sin objetivos manifiestos, sin programa de desarrollo. Hoy sabemos que la ausencia de planificación urbana genera caos; no resulta práctico dejar a la autoorganización la solución de problemas generados por el crecimiento y el desarrollo incontrolados; aplicar las líneas de investigación de las ciencias de la complejidad al entorno urbano fue una simplificación.

Finalmente, y este parecía ser el objetivo de sus análisis, Johnson puso atención en el software mediante el que comenzaban a operar algunas de las primeras manifestaciones de la entonces nueva internet o “web 2.0”, en la que muchos procesos comenzaban a desarrollar resultados no previstos, aparentemente también emergentes. Era el caso de la saga de juegos SimCity y del sistema de recomendaciones de Amazon, que al agregar grandes cantidades de opiniones de clientes empezaba a ser capaz de realizar sugerencias acertadas para nuevos clientes.

Veinticinco años después, los grandes modelos de procesamiento lingüístico en que se basan los sistemas que conocemos como inteligencia artificial, y los algoritmos con los que operan, aprovechan al máximo estas capacidades “naturales” de la información para ofrecernos respuestas certeras a preguntas complejas sin intervención de una voluntad central detrás de ellas. Las similitudes de estos sistemas con el funcionamiento de nuestro cerebro como lo describen las neurociencias no son una casualidad, sino el resultado de un intenso diálogo interdisciplinario que liga las bases de lo químico y lo biológico con la cibernética y el procesamiento de big data.



Ficha del libro:  Steven Johnson, Sistemas emergentes o qué tienen en común hormigas, neuronas, ciudades y software. Madrid: Turner, 2001.


Ingrid Fetter-Pruneda es bióloga por la Facultad de Ciencias de la UNAM y doctora en Ciencias por la misma universidad. Realizó una estancia posdoctoral en la Universidad Rockefeller en Nueva York antes de integrarse como investigadora titular al Departamento de Biología Celular y Fisiología del Instituto de Investigaciones Biomédicas de la UNAM. Su trabajo se centra en entender los mecanismos moleculares, celulares y neurobiológicos que regulan el comportamiento social y la plasticidad fenotípica en insectos sociales, particularmente las hormigas.
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