Entrevista   

Número 11

10 de diciembre de 2025

Derechos y diversidad de género: un camino interminable. Entrevista con Siobhan Guerrero McManus

Por: Carlos Maza
Carlos Maza: ¿Cuáles son los principales problemas que enfrenta en nuestros días la población LGTBIQ? ¿En qué situación se encuentra el tema del reconocimiento de las identidades de género no binarias o lo que llamamos diversidad sexual?
Siobhan Guerrero McManus: Estamos en un escenario en el que ya existía una serie de violencias que afectaban a las poblaciones trans y no binarias; violencias estructurales, de fondo, que tenían décadas de estar ocurriendo y que se han visto intensificadas en un entorno global particularmente difícil en los últimos cinco a siete años, con el surgimiento de las “nuevas derechas”, los nuevos autoritarismos y los movimientos antigénero y antiderechos.

Para hablar de las violencias de fondo normalmente empezamos por las más fuertes que son las violencias transfeminicidas, las que afectan a mujeres trans y a personas transfemeninas no binarias; es decir, a un espectro de identidades. Hay que decir que la región más letal del mundo en este sentido, desafortunadamente, es América Latina. En todos los tipos de violencia la región siempre es puntera; también lo es en la violencia transfeminicida. Y tanto a nivel regional como mundial, el país que más transfeminicidios tiene en términos absolutos es Brasil; después México, también en términos absolutos.


 
Siobhan Guerrero McManus
Fotografía: Arturo Orta

La región vive una paradoja porque ha sido puntera en la legislación sobre diversidad de género. La paradoja regional es que en países como Argentina —que era vanguardia hasta la llegada de Milei— y otros, se establecieron leyes para la diversidad sexual, pero, a pesar de ello, es la región más violenta para las mujeres trans y, en general, para las personas LGBT y las transmasculinidades.

Hay perfiles muy claros de cuáles son, por ejemplo, las mujeres trans más asesinadas: trabajadoras sexuales, migrantes, racializadas, de veinte a cuarenta años, que es una edad en la que son muy visibles. Después del trabajo sexual, la siguiente ocupación más riesgosa es el estilismo y, luego, el activismo por los derechos humanos. A mucha gente le sorprende lo del estilismo. En realidad, muy probablemente es porque hay trabajo sexual ocasional y se reporta como estilismo.

Yo diría que, a nivel global, la violencia transfeminicida es uno de los tres temas que más le han preocupado al activismo trans, probablemente el más apremiante en América Latina. Los otros dos son la despatologización y la visión esencialista del género, que también suele generar discriminación (lleva al no reconocimiento de las identidades). Esto ha llevado a teorizar la existencia de lo que hoy se conoce como un nuevo sistema de opresión, el cisexismo, un análogo del heterosexismo, del sexismo tradicional.

Lo que expresa el cisexismo —el término viene del prefijo cis, como en cisgénero (como se conoce a las personas no trans) y del término sexismo—, es que estamos ante un sistema de opresión que está basado en concepciones del sexo que distinguen entre formas que se consideran normativas de habitar un cuerpo sexuado y formas que no se consideran normativas. La homofobia, la lesbofobia y la bifobia son los resultados más claros del heterosexismo. En el caso del cisexismo, lo vemos en la transfobia y la enebefobia, como se conoce a la fobia hacia personas no binarias.

TRES ÁMBITOS DE LUCHA
Patologización
Entre las violencias estructurales históricas, quizás la más antigua es la patologización, que empezó a finales del siglo XIX, y que nos ha acompañado a todo lo largo del siglo XX y una parte del XXI. Todas las identidades disidentes de sexo-género en algún momento fueron consideradas trastornos mentales. Eso llevó a una serie de problemas de discriminación en todos los ámbitos: en la escuela, en el trabajo, en los derechos civiles y políticos. En el caso de las identidades LGBTIQ, la despatologización se empezó a lograr en los años 90 a nivel mundial, después de que se había alcanzado en Estados Unidos en los años 70. En el caso del colectivo trans, la lucha ha llevado más tiempo; fue apenas en 2018 que la Organización Mundial de la Salud sostuvo abiertamente que no se puede seguir patologizando a las identidades trans.

La patologización no solamente consistía en que te dijeran que tenías una enfermedad, sino que el Estado mismo imponía, para reconocer tu identidad, que tuvieras un diagnóstico médico de disforia de género. Sólo con ese diagnóstico y una serie de intervenciones, que durante mucho tiempo fueron obligatorias, podías llegar al reconocimiento de tu identidad. ¿Cuál era el problema? Que mucha gente no quería someterse a esas intervenciones, que llevaban a la persona a perder la capacidad de gestar o de engendrar, dependiendo del sexo asignado al nacer. En el caso de las mujeres trans, tenías que tener una castración química o quirúrgica. En el caso de los hombres trans, podía ser una histerectomía, la eliminación de los ovarios. En cualquier caso, era una precondición que perdieras esas capacidades sexuales y reproductivas para el reconocimiento de tu identidad. Así, el Estado estaba exigiéndole a las poblaciones trans sacrificar sus derechos sexuales y reproductivos para reconocer su identidad, lo cual vulneraba el principio de integralidad de los derechos humanos.

Ese fue el eje, la bandera de los colectivos trans durante la segunda mitad del siglo XX y todavía, incluso ahora, en algunos países hay leyes que siguen patologizando, así que sigue siendo importante luchar contra la despatologización. Se considera que está asociada con el cisexismo porque la idea de que una identidad transgénero es una identidad resultado de una enfermedad, ya sea un trauma o alguna condición biológica, es un ejemplo de cómo se consideran más naturales, normales y funcionales los cuerpos cisgénero que los cuerpos transgénero. La patologización no sólo vulneraba los cuerpos, sino que también obligaba a tener roles de género estereotipados, lo que llevaba a someter a las identidades trans a una serie de dinámicas coercitivas sobre cómo tenían que vivir para ser reconocidas.

Esencialismo
Otra consecuencia es el esencialismo: cómo, por ejemplo, se asume que para que una mujer sea mujer tiene que tener útero, ovarios, capacidad de gestar y cromosomas XX, y para que un hombre sea hombre tiene que tener cromosomas XY y producir espermatozoides. Este tema, el esencialismo, lo encontramos incluso en lugares donde ya no hay patologización.

En los hechos, en un país como México, por ejemplo, el reconocimiento de la identidad de género se da con un acto administrativo: ya no necesitas ir con un juez, no necesitas un diagnóstico psiquiátrico ni intervenciones de ningún tipo, pero sigue habiendo esencialismo que genera discriminación: si se va a elegir una mujer, no puede ser una mujer trans. Si se van a hacer cuotas de acción afirmativa para mujeres, no deben estar ahí las mujeres trans. Si hay espacios seguros, no son para las mujeres trans. Eso es esencialismo. Sigue habiendo mecanismos institucionales de exclusión y hay que decir que a veces son tan cerrados que incluso también, por ejemplo, en Ciudad de México se han reportado casos de refugios para mujeres que no reciben siquiera a mujeres cisgénero lesbianas; no hablemos de mujeres trans. Eso es esencialismo excluyente y lleva a prácticas de discriminación.

UN DIAGNÓSTICO QUE TIENEN LOS COLECTIVOS TRANS EN MÉXICO: PESE AL AVANCE EN LEYES, EL PREJUICIO SOCIAL Y LA VIOLENCIA NO HAN DISMINUIDO

Violencias
En América Latina el tercer tema es el de las violencias transfeminicidas, que ha llevado a la discusión sobre si debemos tener una figura legal para el transfeminicidio como la hay para el feminicidio. Y hay una discusión regional sobre si esto es deseable o no, sobre si el transfeminicidio debe estar incluido dentro de la figura de feminicidio.

En México pasa, por ejemplo, que en el estado de Morelos la figura de feminicidio incluye al transfeminicidio, pero en la Ciudad de México son dos tipos penales diferentes. En América Latina se han discutido ambas posibilidades. También hay quienes se preguntan si apostar por tipos penales sería la solución, estando en un momento en que el grueso de los Estados entra en un giro autoritario y el derecho penal en general ha sido una herramienta que ofrece soluciones que se han calificado como “populismo punitivo” y que no resuelve los problemas, sino que se fortalece a sí mismo y al estado policíaco, y terminan violentándose mucho más los derechos humanos. Hay activismos trans latinoamericanos que están a favor del tipo penal del transfeminicidio, pero hay otros que son más escépticos y llaman a tener cuidado con lo que puede ocurrir.

En América Latina uno de los grandes temas es que las personas trans enfrentan un enorme problema de acceso al trabajo. Esto es particularmente claro en mujeres trans: en algún momento de su vida, ocho de cada diez mujeres trans ejercerán el trabajo sexual simplemente porque no hay otras oportunidades. Salvo el caso argentino, que es la excepción, el movimiento trans en América Latina no es abolicionista del trabajo sexual. Ante la situación de que muchísimas mujeres trans son trabajadoras sexuales, la reacción en Argentina fue pedir la abolición del trabajo sexual, bajo el argumento de que denigra a las mujeres y las explota. En el resto de América Latina lo que han pedido los movimientos es el reconocimiento y la dignificación del trabajo sexual para que no sea peligroso.

MARCO LEGAL VS. REALIDAD
El tema del acceso al trabajo es uno de los más graves, pero no el único. La gran ironía es que América Latina es una región donde se han establecido muchas legislaciones punteras —desde luego no en todos lados; hay países, como Perú, Honduras y Paraguay, que no tienen prácticamente ningún avance—. Argentina fue pionera en el reconocimiento de la identidad de género a través de un trámite administrativo que no requería juicio, diagnóstico ni intervenciones, y también fue pionera en el tema de identidades trans en menores de dieciocho años, en infancias y adolescencias. México ha seguido estos pasos: prácticamente dos de cada tres entidades federativas ya reconocen la identidad de género autopercibida con lo que se considera autodeterminación de género y unos ocho estados más reconocen identidades en infancias transgénero —no son muchos, pero es un avance—.

Hay otras leyes: México ya tiene una ley federal en contra de las mal llamadas “terapias reparativas”, que ahora se conocen como ECOSIG (siglas de “esfuerzos para corregir la orientación sexual e identidad de género”). Tenemos también la ley que crea el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (CONAPRED), y tenemos la reforma integral en materia de derechos humanos de 2011; uno de los marcos jurídicos más garantistas, pero la gran tragedia es que no se ha reflejado en mayor respeto y en la atenuación de las violencias. Este es un diagnóstico que tienen los colectivos trans en México: pese al avance en leyes, el prejuicio social y la violencia no han disminuido. En 2024 alcanzamos un récord: había un promedio de cincuenta transfeminicidios por año que en 2024 aumentó en un tercio: llegamos a ochenta transfeminicidios.


 
Ilustración: Monserrat García Silva

POSICIONES ANTIGÉNERO Y ANTIDERECHOS
Este era el contexto en el que nos encontrábamos de cajón, pero se ha visto agravado en estos cinco a siete años con el surgimiento de este movimiento que en México llamamos antigénero y en otras partes de América Latina, como en Colombia, antiderechos. No sólo es un movimiento opuesto a la categoría de género; tiene otros ejes y entre ellos el vínculo con las nuevas derechas. Lo que vemos es que se oponen a los derechos de las diversidades sexuales y de género, y de las mujeres, pero también tienen agendas racistas, antiinmigrantes, antimusulmanas e incluso contra las diversidades de lo que ahora conocemos como neurodivergencias [ver UNAM Internacional 10, pp. 298-305]. Es decir, es un movimiento que tiene más rostros, no solamente la cuestión antigénero.


 
Buenos Aires, 17 de noviembre de 2018._Miles de personas celebran la 27° Marcha del orgullo LGBTIQ (Lesbianas, Gays, Bisexuales, Trans, Intersexuales y Queers) de Buenos Aires
Fotografía: Kaloian/Secretaría de Cultura de la Nación, 2018

De alguna manera, este nuevo movimiento sí es un problema porque, de entrada, cambia las estrategias de acción política de la derecha. Nos habíamos acostumbrado en América Latina una derecha siempre basada en un discurso religioso, normalmente católico o cristiano. Estos nuevos movimientos adoptan y emplean el lenguaje de los derechos humanos y el lenguaje de las ciencias (digo “el lenguaje” porque no necesariamente les interesan los marcos de derechos humanos ni las ciencias) y los usan porque son lenguajes seculares que tienen mucho más éxito en sociedades con marcos jurídicos inspirados en el liberalismo político. Su uso de estos lenguajes es una forma de adaptarse a los nuevos tiempos y lo vemos cuando dicen cosas como “tengo derecho a educar a mis hijos como a mí me plazca”, una manera de decir “no les den educación sexual integral”. En estricto sentido esto vulnera los derechos humanos de las infancias y las adolescencias porque viola sus derechos sexuales y reproductivos, pero ponerlo en un lenguaje de derechos lo hace más palatable para muchas audiencias que consideran justo que los padres tengan esa facultad. Es un lenguaje y no un compromiso profundo ante la violación de la integralidad de los derechos humanos. Se usa este lenguaje cuando se defiende la libertad religiosa para discriminar o cuando se defiende la libertad de expresión para emitir discursos de odio.

También hay una adopción del lenguaje científico, sobre todo de la biología, al argumentar que no hablan desde la fe ni desde la religión, sino desde la ciencia, nuevamente simplificando lo que la biología dice: argumentan, por ejemplo, que la familia nuclear es una institución natural creada por la evolución biológica, cuando, en realidad, los clanes de cazadores y recolectores prehistóricos no eran familias nucleares, no tenían la misma estructura ni la misma dinámica.

Estas formas de adaptación hacen de los movimientos antiderechos un problema porque es mucho más difícil, por ejemplo, acusarlos de usar retóricas de discurso de odio, salvo cuando ya son casos extremos como los de Trump o Milei, porque lo que han hecho es que han cambiado el tipo de afectos o emociones políticas que emplean. Antes apelaban directamente al odio, al asco, “las mujeres trans, las trabajadoras sexuales son asquerosas”. Ahora se nos representa como una amenaza, por ejemplo, para las infancias cuando se nos acusa de pederastia; para las mujeres porque se nos acusa de que podemos acosarlas; para las familias, para la religión, los valores… El efecto que tiene hablar en términos de amenaza es muy grave, porque lo que produce es que la gente se siente vulnerable y no genera una respuesta de empatía hacia las comunidades LGBT y en especial hacia la población trans; al contrario, responde de maneras violentas porque siente que se está defendiendo.

En algunos países se ha detectado que esto lleva al aumento de la violencia estocástica, una violencia aleatoria que se realiza sobre una persona por pertenecer a cierto grupo social. La gente ataca a personas trans, sobre todo a mujeres trans, sintiendo que representan una amenaza para la sociedad y que los ataques son legítimos. A la vez, deslegitiman, paradójicamente, a los estudios de género y a los estudios trans, acusándolos de ideología. En ese sentido representan un riesgo mucho mayor porque vienen de la mano de los nuevos autoritarismos, en este giro conservador que están dando muchos países. Estados Unidos es el mejor ejemplo, pero no el único: está Argentina con Milei, la Italia de Giorgia Meloni, la Rusia de Putin, Turquía, Hungría.

En todos los casos el discurso antigénero se usa para legitimar un discurso populista que dice que somos una amenaza para las familias, para la nación, para las infancias, y de alguna manera nos colocan como chivo expiatorio de los problemas de la sociedad. Eso no sólo legitima las violencias, sino que puede poner en jaque los logros obtenidos. En Estados Unidos sí vemos un retroceso importante; en el Reino Unido lo vimos con el fallo histórico de su Suprema Corte sobre las definiciones legales de “mujer” y “género”, de base biológica, que excluyen a las mujeres trans (ver https://www.bbc.com/mundo/articles/cp31qg4dx15o). En este contexto, el movimiento antigénero sí representa un problema porque hace que una situación que ya era precaria en términos de violaciones a los derechos humanos se intensifique.

El caso de México es curioso porque tenemos un enorme legado de violencias estructurales: lo vemos con los transfeminicidios, con la desigualdad, la dificultad de acceso al trabajo; lo vemos también en que las dos diputadas trans que llegaron al poder vivieron una enorme violencia política de género no sólo de parte de los diputados, sino también de diputadas. La paradoja es que al menos ahora no tenemos un movimiento antigénero tan fuerte. Sí tenemos actores en la política mexicana que enarbolan estos discursos, pero cuando comparamos la situación de México con la de Estados Unidos, Argentina o incluso Chile, que tiene una derecha que se está fortaleciendo, o Brasil con una derecha bolsonarista todavía muy fuerte, pues México no está en esa situación.

NUEVAS DERECHAS
UI: Mencionaste un par de veces la palabra “nuevas” para hablar de estas derechas: nuevas derechas. ¿Qué tan nuevas realmente son? ¿Son cualitativamente distintas a las que conocíamos antes de las conquistas progresistas de un marco político de izquierda que ha avanzado derechos? ¿Qué tan peligrosas pueden ser para temas relacionados con exclusión e intolerancia?
SGM: Les dicen nuevas derechas porque tienen una serie de dinámicas que las diferencian de las viejas derechas latinoamericanas e incluso de las viejas derechas globales. Por ejemplo, las nuevas derechas en general llegan al poder a través de la vía democrática, no a través de la figura del golpe de Estado, lo cual sin duda es muy contrastante con la era de los golpes de Estado en América Latina. Otra diferencia es que las nuevas derechas, en general, no tienen una cultura militarista tan fuerte como sí la tuvieron los fascismos europeos o las dictaduras latinoamericanas.


 
La XXX Marcha del Orgullo LGBTIQ+
Fotografía: Iro Bosero, 2021

Otra diferencia es que las viejas derechas tenían un discurso anticomunista muy característico de la Guerra Fría, cuando el discurso del gran peligro para la nación era el comunismo. Las nuevas derechas no hacen esto, sino que se centran en la “ideología de género” o en la tesis del “gran reemplazo racial” de personas racializadas sobre los blancos, la “islamización” de Europa. Como que el enemigo ya no se desempeña dentro de lo que fue, en el siglo XX la polaridad Primer Mundo contra Segundo Mundo, sino que ahora esgrimen cuestiones vinculadas con identidades.

Ahí se ve un elemento de continuidad entre las nuevas y las viejas derechas. Sonia Corrêa, por ejemplo, una académica brasileña muy respetada, dice que las nuevas derechas no son tan nuevas, que son respuestas a los movimientos contraculturales de los años 60, cuando surge la segunda ola del movimiento feminista, el movimiento LGBT, el movimiento por los derechos civiles de los afroamericanos. En ese momento empezaron a aparecer manifestaciones que se oponían a estas luchas, pero no tuvieron visibilidad hasta la década de los 90, en un contexto claro de posguerra fría, porque es hacia el fin de la Guerra Fría que el discurso contra las perspectivas de género toma fuerza.

Es una historia muy conocida, una respuesta a las reuniones de Naciones Unidas en El Cairo (Conferencia Internacional sobre la Población y el Desarrollo, 1994) y Beijing (Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer, 1995), en las que se empieza a hablar de género. Con la caída del bloque socialista queda un vacío que vendrá a ser ocupado por conservadurismos cercanos a la iglesia católica en el caso de Polonia, a la iglesia ortodoxa en el caso de Rusia, Ucrania, Bielorrusia, que desde los años 90 empiezan a construir puentes con el conservadurismo evangélico norteamericano. Entonces sí tiene sentido hablar de nueva derecha en la medida en la que se dan esos cambios.

A partir de los años 90 empieza a darse una globalización de las estrategias de la nueva derecha, que actúa de manera concertada a través de eventos como la CPAC (siglas de Conferencia Política de Acción Conservadora), que se hace en varias partes del mundo —el encuentro mundial de las familias—, y empieza a operar con una escala mundial, donde la financiación y las ONG juegan un papel central. Eso no pasaba en las viejas derechas. Podían tener intercambios internacionales, pero no tenían ONG ni financiadoras que las acompañaran.

Las nuevas derechas representan el mayor riesgo hoy para las poblaciones LGBT, no porque las violencias tradicionales ya no importen —siguen estando allí—, sino porque nos quitan la posibilidad de hacer frente a esas violencias estructurales que ya estaban ahí y nos confrontan con la necesidad de tener que desarrollar un contradiscurso ante ellas.


 
Marcha del Orgullo Santa Fe, Argentina 2017
Fotografía: Titi Nicola, 2017

LÍNEAS DE ACCIÓN
UI: En este contexto, ¿cuál es la agenda de los movimientos trans, de los movimientos en pro de derechos? ¿Cómo hacer efectivas las leyes que tenemos?
SGM: A principios de agosto tuve la oportunidad de ir a Perú a un encuentro de once movimientos sociales latinoamericanos [ver recuadro]. Había personas de todos los países de América Latina y de Estados Unidos, con la excepción de Nicaragua, cuyos representantes no pudieron llegar porque no los dejaron salir. Estaban representados los movimientos feminista, LGBT, antirracista, antipunitivo-anticarcelario, por los derechos de las personas con discapacidad, por los derechos de las personas afrodiaspóricas e indígenas. La razón por la que se reunieron estos once movimientos a escala latinoamericana es porque se considera que hacerle frente a este contexto requiere, primero que nada, reconocer que hay un enemigo común y que tenemos que actuar coordinadamente, porque a todos los movimientos los afecta, aunque de diferentes formas: es fundamental conocer cómo son afectadas distintas poblaciones para entender la gravedad del problema.

Una de las primeras cosas es actuar de manera coordinada entre movimientos sociales, reconociendo que es un problema de todos los movimientos sociales de América, que va a afectar a todas las poblaciones. La segunda es actuar de manera regional. Hace unos años, sobre todo en el movimiento LGBT, el activismo se había concentrado demasiado en hacer micropolítica: intervenir en espacios comunitarios muy pequeños, en cuestiones muy de nicho y, si bien no se trata de dejar de hacer eso, que tiene mucha importancia, hoy sí resulta claro que la estrategia de micropolítica como método de incidencia es insuficiente y que es necesario tener redes de activismo, no solamente para compartir los diagnósticos, sino también para compartir las herramientas que funcionan. Se discutieron cosas como estas: actuar regionalmente de manera tal que sean distintos movimientos sociales actuando en conjunto y reconocer los vacíos narrativos que habíamos dejado.


 
Encuentro Diálogos Intermovimientos sobre la Democracia: de la Crisis a la Acción
https://www.youtube.com/watch?v=Se2Qm63LxHg

Esto era muy importante para tratar de explicar por qué de repente hay un sector de las masculinidades que ha abrazado de una manera tan abrumadora este discurso antigénero; por qué de repente el masculinismo —la manósfera—, ha sido tan exitoso y una de las cosas que se mencionaban es que, al concentrarse en poblaciones vulnerables, muchos movimientos sociales desatendieron la importancia de crear narrativas dirigidas a los varones y a las necesidades de los varones, e incluso una cuestión tan básica como qué significa ser un varón en un momento en que la masculinidad tradicional ha sido señalada como cómplice de formas de violencia y de opresión.

Si bien había dentro del feminismo y del movimiento LGBT algunas reflexiones al respecto desde hace décadas, en espacios como las redes sociales, en espacios básicamente de internet no había narrativas para los varones, y fueron capturados por los discursos de la manósfera que les ofrecían una narrativa para lidiar con esta situación de crisis muy antagónica y antiderechos, pero una narrativa finalmente, y no habíamos ocupado este nicho, no nos habíamos dado cuenta de la importancia que tenía. Eso llevó a la captura de un sector importante de las masculinidades, de masculinidades muy jóvenes que son las que tienen una vida en internet muy intensa.


 
Encuentro Diálogos Intermovimientos sobre la Democracia: de la Crisis a la Acción
https://www.youtube.com/watch?v=Se2Qm63LxHg

NARRATIVAS
Hay otras estrategias: está el trabajo que hacemos para intervenir en medios de comunicación respecto de cómo se crean las narrativas, tanto en lo noticioso como en espacios de entretenimiento. Un ejemplo muy claro en las noticias es que se usan narrativas que sensacionalizan la muerte. Por ejemplo, cuando matan a una mujer trans, la prensa roja y amarilla siempre ha sido muy dada al sensacionalismo e incluso a una especie de revictimización al hablar de “hombre vestido de mujer”. Hay que crear espacios de identificación de lo que en inglés llaman misinformation (en español tratamos de distinguir entre desinformar y malinformar): cuando alguien está malinformando se debe señalar.

El tema de narrativas no basta, hay que detectar y señalar todo lo que es malinformación y desinformación porque las nuevas derechas tienen como herramienta la posverdad, tanto a la hora de dar cuenta de lo LGBT como del riesgo que suponemos (cuando dicen “es que son personas enfermas, algo les pasó”). Todo esto tiene que ver con las dinámicas comunicacionales y de información sobre todo —pero no necesariamente— en redes sociales, también en medios tradicionales hay que capacitar periodistas para poder manejar la información.

Hay que crear también defensorías de las audiencias. A veces los periodistas o los medios mismos militan en torno de estos fenómenos de desinformación y posverdad y cuando eso pasa ya no puedes detenerlo simplemente señalando que son datos falsos, necesitas una defensoría de audiencias.

Entre lo que se discutió en Lima, uno de los temas más importantes es no perder las estructuras que hemos construido, los vínculos que hay entre la academia, las organizaciones, los movimientos sociales y los organismos defensores de derechos humanos en el continente, porque el avance de los derechos de las poblaciones LGBT, de todas las personas, no sólo de las personas trans, sino de todo el colectivo LGBT, en gran medida se debió al éxito que implicó tener alianzas. Finalmente está la resistencia civil y callejera en donde llegue a ser necesaria, y la presión internacional, que sigue siendo útil, desde organismos como la Corte Interamericana de Derechos Humanos y el Tribunal Europeo.

La sensación en general es que estamos en un momento particularmente grave por el hecho de que esto no está circunscrito a un país, sino que está ocurriendo en distintos países alrededor del mundo y representa un peligro real para los derechos de las personas trans y de otros colectivos también.


  

CLACAI y el Encuentro Intermovimientos

UNAM Internacional


El Consorcio Latinoamericano Contra el Aborto Inseguro (CLACAI) convocó en 2024 a movimientos sociales de distintas procedencias y objetivos a realizar un diagnóstico de las situaciones que enfrentan en el “Encuentro Diálogos Intermovimientos sobre la Democracia; de la Crisis a la Acción”. El evento implicó para las organizaciones convocantes un giro en la forma de activismo que venían realizando desde años atrás —centrado en salud y derechos sexuales y reproductivos—, producto del diagnóstico general de que no será posible ejercer esos derechos “si no hay democracias que los respalden y que mantengan vigente el andamiaje de protección de todos los derechos” (ver https://clacai.org/eventos/conferencias/regionales/encuentro-dialogos-intermovimientos-sobre-la-democracia-de-la-crisis-a-la-accion/).

El encuentro, realizado en Lima, Perú, en agosto de 2024 reunió organizaciones de toda América Latina y el Caribe, y abordó en distintos paneles otros tantos temas relacionados con la democracia, la desigualdad, el activismo y la movilización y el desarrollo tecnológico y las nuevas narrativas. Una relatoría del encuentro se puede consultar en https://clacai.org/wp-content/uploads/2024/09/Relatoria-Encuentros-Intermovimientos.pdf.

En 2025 se ha realizado una segunda edición de este encuentro, centrado en la necesidad de “fortalecer las respuestas colectivas frente al avance del autoritarismo y abrir la imaginación hacia una democracia más amplia, conectada con la ciudadanía y con la vida cotidiana”, como describe Alejandro Gamboa, uno de los talleristas participantes; esta última edición del encuentro es la que refiere la doctora Guerrero en entrevista con UNAM Internacional. Se espera en breve tener los informes correspondientes en https://clacai.org/.


Siobhan Guerrero McManus estudió la licenciatura en biología en la Facultad de Ciencias, su maestría y doctorado en filosofía de la ciencia, en la Facultad de Filosofía y Letras y el Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM, obteniendo ambos grados con mención honorífica. Es nivel II del Sistema Nacional de Investigadores y se desempeña como investigadora titular A de tiempo completo en el Centro de Investigaciones lnterdisciplinarias en Ciencias y Humanidades. Asimismo, es cofundadora del Laboratorio Nacional Diversidades, parte del Consejo Consultivo Honorario de la Rectoría General de la UAM, integrante del Comité editorial de la revista Debate Feminista y de la Asamblea General del Instituto de Liderazgo Simone de Beauvoir.

Carlos Maza es coordinador de Fomento a la Internacionalización (DGECI). Es editor de UNAM Internacional.
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