Encuadre
Número 11
10 de diciembre de 2025
Desigualdades Norte-Sur. Mexicanos en el mercado de trabajo de Estados Unidos
A lo largo de la historia de Estados Unidos, los trabajos más duros, peligrosos, mal pagados y de más bajo valor social han sido desarrollados principalmente por las personas ubicadas en la base de la escala social. Durante dos siglos y medio fueron las personas traídas del continente africano y esclavizadas en el territorio americano. A partir de 1619 llegaron los primeros africanos a trabajar en condiciones de esclavitud. El tráfico de personas desde ese continente constituyó una fuerza de trabajo que creció sostenidamente a lo largo de los siglos XVII y XVIII y, aunque en 1808 fue declarado ilegal, se continuó ejerciendo clandestinamente en el territorio estadounidense (Wright, 2008). En 1865, al finalizar la Guerra Civil, que dio lugar a la abolición de la esclavitud en todo el territorio de los Estados Unidos, se requería que otro grupo de personas realizara los trabajos que habían sido asignados a esta población. Por lo tanto, tomaron relevancia los coolies, reclutados fundamentalmente en China: inmigrantes voluntarios que trabajaron en condiciones de semiesclavitud (García, 2006). En 1882, por presiones de los sindicatos de trabajadores, entre otros factores, se restringió el ingreso de chinos e inmigrantes procedentes de otros países de Asia a Estados Unidos (Colectivo Iloé, 2001; García, 2006). La no admisión de estos trabajadores y la participación de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial (1914-1918) intensificaron la movilidad de trabajadores ya sostenida desde el establecimiento de la frontera. Laboraron en la construcción de ferrocarriles, en la pequeña industria de Chicago y en los campos agrícolas (Verduzco, 1998).
Entre 1850 y 1924 llegaron millones de inmigrantes europeos que buscaban mejores condiciones de vida. Arribaron fundamentalmente personas de origen británico, irlandés, alemán e italiano (García, 2006). Buena parte de esta nueva inmigración se ubicó en la base de la escala social y ocupacional del país y pudo integrarse paulatinamente a la sociedad estadounidense (Caicedo, 2010). Entre 1925 y 1964, nuevamente las presiones de los sindicatos, entre otros factores, produjeron medidas restrictivas a la inmigración. No obstante, refugiados, puertorriqueños y otras nacionalidades, entre las que se incluye la mexicana, siguieron arribando al país. En 1942, tras la incursión de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial (en 1941) y la consecuente escasez de fuerza de trabajo en el sector agrícola, se firmó con México el Contrato Bracero. En el marco de este contrato, cerca de 4,6 millones de mexicanos fueron a trabajar al país vecino de forma temporal, principalmente en los estados de California, Colorado, Nebraska y Utah (Verduzco, 1998). Los “braceros” en su gran mayoría eran trabajadores de origen rural y con bajos niveles de escolaridad. La terminación del Contrato Bracero, tras la idea de que desvalorizaba los salarios de los trabajadores nativos en la agricultura, condujo a un incremento abrupto de la inmigración indocumentada (Borjas y Katz, 2005).
En general, la vecindad geográfica, las modificaciones a la ley de inmigración de 1965, la demanda laboral, las presiones económicas y la imposibilidad de encontrar un espacio en el mercado de trabajo mexicano, son algunos de los aspectos que han sostenido en el tiempo los flujos migratorios desde México hacia Estados Unidos. De acuerdo con datos de la Current Population Survey (CPS), la encuesta de empleo de Estados Unidos, en 2024 se contaron 12,679,079 inmigrantes mexicanos y 26,588,446 personas nacidas en este país, que se autodefinieron como “mexicoamericanas”. Juntas representaron el 11.7 por ciento de la población total, mientras que los afroamericanos constituyeron el 13.5 y los blancos no hispanos el 75.2 por ciento. La mayoría de esta población forma parte de la fuerza laboral de Estados Unidos. Los inmigrantes y los mexicoamericanos tienen tasas de participación económica superiores a las de los blancos (67.3 y 61.1 por ciento, respectivamente) (cuadro 1).
Mexicano en Estados Unidos
En este artículo hablaré de la inserción y condiciones laborales de la población de origen mexicano en Estados Unidos, comparada con los blancos y los negros no hispanos. Enfatizo en la población joven que, además de ser la más precarizada, es la que enfrenta mayores barreras para su integración a una sociedad que se siente atemorizada frente a los desafíos que impone la inmigración. Kretsos (2010) señala que los jóvenes forman parte de una “nueva subclase”, caracterizada por ser una “generación precaria”. Es decir, una fuerza de trabajo que se inserta en condiciones altamente desfavorables, en empleos de baja remuneración y desprotegidos.
La inmigración mexicana tiene varios impactos positivos en la sociedad estadounidense desde el punto de vista demográfico, económico y social. Gran parte de las personas que arriban al país son jóvenes, en edades reproductivas que contribuyen al rejuvenecimiento de la pirámide poblacional (gráfica 1). Las mujeres latinoamericanas y, en particular, las mexicanas, tienen tasas de fecundidad superiores a las de las mujeres blancas (Caicedo, 2012). Los inmigrantes también son mayoritariamente trabajadores jóvenes de bajos salarios orientados a cubrir una demanda específica del mercado. Estos, además de incrementar el volumen de fuerza de trabajo disponible, son portadores de un capital humano y conocimientos prácticos que son benéficos para la economía. Un reporte de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (2019) señaló que el treinta y ocho por ciento de la escasez de mano de obra en Estados Unidos registrada entre 2000 y 2015 fue cubierta por inmigrantes latinoamericanos, entre los cuales mexicanos y centroamericanos constituyeron más del ochenta por ciento. La inmigración, además de aportar riqueza cultural, da lugar a la formación de nuevas generaciones de personas con derechos políticos y mayores posibilidades de incidir en el fortalecimiento de una sociedad multicultural.
LA INSERCIÓN LABORAL
Tres aspectos han caracterizado la inserción laboral de los mexicanos en Estados Unidos: a) la segregación ocupacional, b) las bajas retribuciones salariales y c) las precarias condiciones laborales. a) La alta segregación ocupacional: por lo general, los inmigrantes realizan trabajos muy diferentes a los que desarrollan los blancos. Así también, hombres y mujeres se insertan en tres ocupaciones con tipificaciones de género. En la actualidad, el cuarenta y cuatro por ciento de los inmigrantes mexicanos y el 24.7 por ciento de los mexicoamericanos se insertan en ocupaciones relacionadas con la construcción, extracción, producción, entre otras de este tipo, en comparación con el 18.3 por ciento de los blancos (cuadro 1); b) las bajas retribuciones salariales: producto de esa concentración ocupacional, los bajos niveles de escolaridad y un trato injusto de parte del mercado, los inmigrantes mexicanos y los mexicoamericanos perciben salario significativamente inferiores a los de los blancos (Caicedo, 2010). En promedio, un inmigrante mexicano gana cerca del sesenta por ciento del salario anual de una persona blanca no hispana; c) las condiciones en que realizan su trabajo son altamente precarias: buena parte de los empleos en que se insertan los inmigrantes mexicanos son inestables, desprotegidos y en algunos casos de tiempo parcial.
En 1999, la OIT introdujo el concepto del “trabajo decente” para dar cuenta de lo que significa un trabajo en condiciones de dignidad humana en el contexto de la reestructuración económica que transformó la naturaleza del trabajo, flexibilizó el mercado y desreguló las relaciones contractuales. Esas transformaciones generaron una gran masa de trabajadores inestables, mal pagados, desprotegidos y con poca o nula capacidad de negociar con el capital (Caicedo, 2009). Por lo tanto, un trabajo decente es aquel suficiente en cantidad y calidad. Contempla una dimensión económica que tiene que ver con el acceso al empleo y salarios remuneradores; una de seguridad, relacionada con la protección social; una dimensión normativa que alude a los derechos de los trabajadores, y una de participación que implica el diálogo social (Caicedo, 2009). Aproximadamente el veintisiete por ciento de los inmigrantes laboran con déficit de trabajo decente, en comparación con el diecinueve de los blancos no hispanos y el veintiuno por ciento de los afroamericanos.
TRES ASPECTOS HAN CARACTERIZADO LA INSERCIÓN LABORAL DE PERSONAS MEXICANAS EN ESTADOS UNIDOS: LA SEGREGACIÓN OCUPACIONAL, LAS BAJAS RETRIBUCIONES SALARIALES Y LAS PRECARIAS CONDICIONES LABORALES
Pero entre todos los trabajadores, los jóvenes negros y los jóvenes inmigrantes (personas entre dieciséis y veinticuatro años) son quienes enfrentan la peor situación en el mercado. Sobre los primeros se ha argumentado que ello se debe, en parte, a las características del mercado laboral local: su bajo crecimiento, las recesiones económicas, el racismo y la discriminación de la que son víctimas, las características poco atractivas del trabajo realizado, el involucramiento en actividades litúrgicas y la voluntad de aceptar trabajos de bajos salarios (Freeman & Holzer, 2008). En el caso de los inmigrantes mexicanos, podría agregarse su baja escolaridad y el escaso dominio del idioma inglés -en comparación con otros inmigrantes. Además, aunque ha sido ampliamente documentado que las características individuales son determinantes de la inserción laboral y los salarios (Caicedo, 2010), la erosión del empleo se debe también a que el mercado no ofrece empleos de calidad. La reestructuración de la economía no solo precarizó las condiciones laborales, sino que elevó los niveles de desempleo, particularmente, entre las poblaciones menos calificadas como la afroestadounidense y los hispanos, pues fragmentó y trasladó muchos empleos de manufactura a otros países en desarrollo donde los costos de producción eran menores (Sassen, 1997). Esta transformación no sólo arrebató el empleo a miles de familias de clase trabajadora, sino que hizo más lejana la posibilidad de alcanzar los estándares de vida de la clase media estadounidense.
En la actualidad, los afroamericanos y los mexicoamericanos se ubican entre las poblaciones con mayores niveles de desempleo (6.9 y 5.4 por ciento, respectivamente) y muy por encima de los niveles de desempleo de los blancos (3.1 por ciento). Cuando se observa la distribución del desempleo en la población joven, las tasas se elevan a 14.5 para los jóvenes negros y 9.2 por ciento para los mexicoamericanos. Aunque los inmigrantes jóvenes mexicanos tienen tasas de desempleo inferiores a las de sus pares blancos, constituyen el porcentaje más alto de la población económicamente activa (PEA) que vive por debajo del nivel de pobreza (13.8 por ciento). El trabajo de tiempo parcial por razones económicas se refiere a todas las personas que trabajan menos de treinta y cinco horas semanales, necesitan más horas de trabajo y están disponibles para trabajar tiempo completo, pero no pueden hacerlo por “razones del mercado”: porque trabajan a destajo, porque se agotó el material, por reparación de la planta o equipos, porque empezaban o terminaban su contrato de trabajo durante esa semana o porque no habían podido encontrar un empleo de tiempo completo. En general, los inmigrantes mexicanos constituyen el porcentaje más alto de personas que necesitan trabajar tiempo completo, pero no pueden hacerlo por razones de mercado o ajenas a su voluntad (6.2 por ciento), comparados con los blancos no hispanos (dos por ciento). Entre los jóvenes, los mexicoamericanos son quienes más viven esta situación (siete por ciento).
Las diferencias salariales entre los grupos étnicos también son notorias: los jóvenes son los trabajadores peor pagados. Mientras la mediana del salario anual de los blancos no hispanos es de cincuenta y ocho mil dólares, la de un joven del mismo grupo étnico es de veintidós mil. Aunque los jóvenes inmigrantes mexicanos parecen ser los mejor pagados entre todos los jóvenes, son quienes se encuentran más desprotegidos en el mercado, el 68.7por ciento labora sin una cobertura médica pagada por el empleo propio u otro plan proporcionado por un empleador. Si bien, el porcentaje de jóvenes blancos en esta situación también es alto (40.6por ciento), son quienes tienen mayor protección en el mercado. La ausencia de un plan de pensiones y retiro es alta para todos los trabajadores. Cerca del sesenta y seis por ciento de los trabajadores blancos no hispanos no están afiliados a un programa de retiro y la situación se hace mucho más caótica para los inmigrantes mexicanos y, particularmente, los jóvenes.
Mexicanos en Estados Unidos
REFLEXIONES FINALES
Ante los datos descritos es insoslayable preguntarnos: ¿Cuál es el futuro de los inmigrantes mexicanos y de todos los grupos étnicos que se encuentran en abierta desventaja en el mercado de trabajo? ¿Podrán los jóvenes de las minorías étnicas alcanzar el estándar de vida de la clase media estadounidense? Responder estas preguntas nos obliga a reflexionar sobre dos aspectos que a mi juicio son centrales: a) cómo contribuyen la economía y el mercado de trabajo al rechazo de la inmigración y b) quiénes son y qué representan los inmigrantes para la mayor parte de la sociedad estadounidense.
El trabajo es un componente central en la vida de los seres humanos; es el mecanismo a través del cual los individuos se integran a la sociedad. Los inmigrantes que arribaron a Estados Unidos entre la segunda mitad del siglo XIX y la primera del siglo xx encontraron una sociedad industrial con la capacidad de absorber una fuerza de trabajo que con el paso del tiempo alcanzó una movilidad social ascendente. Los nuevos inmigrantes (que llegaron a partir de 1965) encontraron una economía en proceso de cambio y un mercado de trabajo flexibilizado que hizo desaparecer para muchos el empleo estable y protegido. Esto ha hecho prácticamente imposible que el sueño de ser parte de la sociedad americana pueda ser alcanzado siquiera por los mismos ciudadanos estadounidenses. Entonces, nos invita a hacer un esfuerzo por analizar cómo el modelo económico y el mundo laboral en que vivimos cada vez hacen más vulnerable a la gran mayoría y dejar de responsabilizar a los inmigrantes de las vicisitudes de la economía.
Por lo general, los países de alta inmigración recurren a la deportación de determinados inmigrantes como una manera de afrontar las demandas sociales intrínsecas al fenómeno. Esta salida también parece aportar una solución temporal a las preocupaciones de quienes se sienten atemorizados por los inmigrantes que “compiten” por sus empleos. Es lo que se ha hecho en tiempos de crisis como la Gran Depresión (Massey et al., 2002) y la crisis financiera de 2008 (Durand, 2013), por citar algunas. La fuerza de trabajo mexicana ha resultado indispensable y funcional a los vaivenes de la economía estadounidense. Se trata de una fuerza laboral disponible que puede contratarse y de la que se puede prescindir en cualquier momento sin mayores repercusiones. Por ello es más fácil incrementar las deportaciones en momentos críticos que apostar a un largo proceso de integración social y económica. La gran mayoría de los inmigrantes son trabajadores que no encontraron un espacio en el mercado laboral de su país, no se trata simplemente de una fuerza de trabajo polivalente, sino de personas con aspiraciones y familias que ven en la migración una posibilidad de alcanzar mejores condiciones de vida. Si los trabajadores no fueran requeridos, según las necesidades del mercado y si no existieran las presiones estructurales en los países emisores que los empujan a salir de sus lugares de origen, no habría tal flujo de migrantes. En otras palabras, mientras existan desigualdades tan profundas entre el norte y el sur, la migración se seguirá dirigiendo hacia aquellos países en donde las personas puedan encontrar mejores posibilidades de vida. Esto sugiere trabajar en dos frentes: por un lado, apostar a la integración socioeconómica de los inmigrantes a las sociedades receptoras y, por otro, abordar el fenómeno migratorio no como un problema, sino como un asunto global o por lo menos regional que brinda posibilidades de colaboración entre las naciones.
Maritza Caicedo es socióloga por la Universidad del Valle-Colombia, maestra en demografía por El Colegio de la Frontera Norte y doctora en ciencias sociales con especialidad en estudios de población por El Colegio de México. Es investigadora Titular C en el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM y miembro del Sistema Nacional de Investigadores e Investigadoras, nivel II. Sus principales líneas de investigación son género, migración, mercado laborales y salud mental. Actualmente, coordina un seminario sobre Migración y Salud.
Referencias
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Caicedo Riascos, Maritza (2010). “Integración económica y desigualdad: tres generaciones de mexicanos en Estados Unidos”.
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