Encuadre   

Número 11

10 de diciembre de 2025

La desigualdad en los ingresos. Algunas de sus repercusiones sociales en México

Por: Fernando Cortés
INTRODUCCIÓN
El propósito de este artículo consiste en bosquejar algunas de las consecuencias sociales que se han derivado en México de la combinación, por una parte, de los elevados niveles de desigualdad en la distribución del ingreso que han caracterizado al país y, por otra parte, del desarrollo del mercado, impulsado por la adopción del decálogo del Consenso de Washington [ver recuadro 1].

En la segunda sección se presentan diversos estudios que concuerdan en que la desigualdad de los ingresos en América Latina es de las más elevadas en el concierto mundial. Además, en este apartado se presenta la evolución de la desigualdad en la distribución del ingreso en México en las tres décadas que median entre los años 1992 y 2022.

Con el propósito de arrojar luz sobre el cambio de época (el paso de la preeminencia del estado sobre el mercado) en el tercer apartado se rastrean someramente los antecedentes teóricos, históricos y políticos que cambian la ecuación estado-mercado. Esta sección busca proporcionar los antecedentes que permitan comprender el proceso que vivió México a partir de mediados de los tres últimos quinquenios del siglo xx, en que el mercado avanzó sobre el estado asumiendo funciones que tradicionalmente estuvieron, casi en su totalidad, en manos del estado.

La cuarta sección vincula ambos fenómenos: desigualdad en los ingresos y preeminencia del mercado sobre el estado, en la provisión de los bienes y servicios sociales. Se delinean de manera muy gruesa y a título de ejemplo algunas de las múltiples consecuencias sociales que derivan de la combinación de altos niveles de inequidad en la repartición del ingreso, con el avance del mercado en los diversos ámbitos de la vida en comunidad.

En el quinto y último apartado se presentan las principales conclusiones que derivan de los desarrollos presentados a lo largo del texto.

El “Consenso de Washington”

UNAM Internacional


En un intento por responder a las severas crisis económicas que asolaron la región latinoamericana —y el mundo— en la década de 1980, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y el Departamento del Tesoro de Estados Unidos, instituciones ubicadas en la ciudad de Washington, desde donde llevan la batuta de la economía global, propusieron una serie de medidas que, en conjunto, serían aplicadas por diversos países casi como una fórmula. El economista John Williamson acuñó el Decálogo que se puede sintetizar así (ver Unidad de Apoyo para el Aprendizaje de la UNAM: https://repositorio-uapa.cuaed.unam.mx/repositorio/moodle/pluginfile.php/1743/mod_resource/content/1/contenido/index.html):

  1. Disciplina fiscal
  2. Reducción del gasto público
  3. Reforma tributaria
  4. Tasas de interés positivas fijadas por los mercados
  5. Tipos de cambio flexibles determinados por los mercados
  6. Política comercial “orientada hacia el exterior”
  7. Inversión extranjera directa
  8. Privatización de empresas del estado
  9. Desregulación
  10. Protección de la propiedad y de la propiedad intelectual

Aunque el contenido del decálogo y sus implicaciones han cambiado en el tiempo (y no han faltado críticos ni “desertores”), el Consenso de Washington representa el momento inmediatamente posterior a la Guerra Fría en que el neoliberalismo fue abrazado por gobiernos de todo el mundo, en gran medida bajo la presión de las instituciones financieras globales: de no adoptarlo, no fluirían sus recursos financieros a los países periféricos, entonces descritos aún como “subdesarrollados”. Como señala Fernando Cortés en el presente artículo y reiteran los especialistas entrevistados en este número de UNAM Internacional (Rolando Cordera, p. 162, y Enrique Provencio, p. 178), bajo la sombra de estas ideas se acentuaron las desigualdades, se perdieron programas sociales, se redujeron las inversiones sociales para privilegiar capitales privados, especialmente internacionales, y se obstruyó una mirada de largo plazo necesaria para garantizar un desarrollo sostenible. Esto, además, no redundó en crecimiento sino para un pequeño sector de la población y provocó el agravamiento de desigualdades económicas, sociales e incluso culturales, como señala Eduardo Vásquez Martín (p. 222), también entrevistado en estas páginas de UNAM Internacional.

LA DESIGUALDAD EN AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE, ESPECIALMENTE EN MÉXICO
Son varias las fuentes que plantean que América Latina es la región del mundo con las mayores desigualdades en el ingreso. El Banco Interamericano de Desarrollo (BID) ha sostenido que alrededor de los años noventa la región ostentaba niveles de desigualdad más pronunciados que África (figura 1). El Banco Mundial (De Ferranti y otros, 2004), basándose en datos comparables a nivel mundial, ha concluido que América Latina y el Caribe presentan coeficientes de desigualdad mayores que Asia, que los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y que los de Europa del Este [recuadro 2].

Medir la desigualdad: el índice de Gini
La desigualdad en la distribución del ingreso se mide con el índice de Gini (desarrollado por el demógrafo italiano Corrado Gini): un coeficiente entre 0 y 1 que alcanza su límite inferior cuando la distribución es equitativa y el superior cuando el ingreso está absolutamente concentrado.
El índice de Gini para América Latina fue del orden de 0.5 para el periodo comprendido entre la década de 1970 y la de 1990, comparado con 0.4 en Asia. Los países de la OCDE presentaban coeficientes de Gini del orden de 0.33. El índice promedio en los países de Europa del Este fue de 0.3 (De Ferranti y otros, 2003: 57).




Ilustración: Monserrat García Silva

En esta misma línea, la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), a lo largo de sus ochenta años de existencia, ha documentado que América Latina y el Caribe es la región más desigual del globo terráqueo. Una síntesis de esta idea se encuentra en una publicación que sostiene que:

La desigualdad es una característica histórica y estructural de las sociedades latinoamericanas y caribeñas que se ha mantenido y reproducido incluso en períodos de crecimiento y prosperidad económica. Aunque en la última década se han producido avances importantes en su reducción, como se ha indicado en sucesivas ediciones del Panorama Social de América Latina, persisten altos niveles de desigualdad económica y social. América Latina y el Caribe sigue siendo la región más desigual del mundo, por sobre el África Subsahariana (la segunda región más desigual), con un índice de Gini promedio casi un tercio superior al de Europa y Asia Central. (CEPAL, 2018)

En el Panorama Social de América Latina 2024, la CEPAL afirma que “Los países de América Latina se caracterizan por presentar un elevado nivel de desigualdad del ingreso, rasgo que ha persistido incluso aunque en los últimos años los índices de concentración del ingreso han tendido a reducirse” (CEPAL, 2024).

En los últimos tiempos la World Inequality Database (WID), presentada en el World Inequality Report 2022 (Chancel y otros, 2022) se sostiene que América Latina es una de las tres regiones con mayor inequidad en la distribución del ingreso, superada sólo por Oriente Medio y África del Norte, y por el África Subsahariana. En las tres regiones más desiguales las razones de distribución entre los ingresos promedio del diez por ciento más rico de la población y el cincuenta por ciento más pobre son: Oriente Medio y África del Norte, 32; África Subsahariana, 31, y América Latina, 27 (Chancel y otros, 2022). De acuerdo con estas cifras, se necesita reunir, respectivamente, el ingreso de treinta y dos, treinta y una y veintisiete personas de la mitad más pobre de la población, para alcanzar el de una persona ubicada en el diez por ciento superior. A diferencia de otros estudios basados en el coeficiente de Gini, WID basa su conclusión en la relación entre los ingresos del decil más adinerado en relación con los ingresos de los cinco deciles más pobres.

Independientemente de si América Latina es o no, en la actualidad, la región que exhibe los mayores niveles de inequidad en la distribución del ingreso en comparación con el resto del mundo, lo que sí es indisputado es que nuestra región ostenta niveles de desigualdad elevados a lo largo del tiempo, a pesar de la leve tendencia a la baja de los últimos años.

Por otra parte, la desigualdad no se distribuye por igual en todos los países de América Latina. Hacia 2022 y 2023, Brasil y Colombia exhibieron los niveles más elevados de desigualdad, con índices de Gini de alrededor de 0.5 o superiores, seguidos por Panamá, Costa Rica y Honduras, con coeficientes del orden de 0.48 a 0.46. En un tercer grupo está México acompañado por Chile y Ecuador, con índices de Gini del orden de 0.44. Perú y El Salvador forman el cuarto grupo (alrededor de 0.41), mientras que Uruguay, Argentina y República Dominicana son los países con menores índices de inequidad en la distribución del ingreso; sus medidas fluctúan entre 0.39 y 0.4 (CEPAL, 2024).

Para caracterizar la evolución de la desigualdad en México se ha decidido iniciar en el año 1992 debido a que a partir de esa fecha se dispone de información comparable, pero sólo hasta 2014. En 2016 el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) introdujo modificaciones en los procesos operativos del levantamiento de la información de la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH), por lo que la serie que inicia en ese año no es estrictamente comparable con la que cubre el periodo de 1992 a 2014. Este hecho lleva a separar la información para 1992-2022 en dos gráficas: una para 1992-2014 y otra para 2016-2022 (última información disponible al escribir este texto).

En México, entre los años 1992 y 2014, la desigualdad en la distribución del ingreso corriente total de los hogares, medida por el índice de Gini, ha fluctuado entre 0.49 y 0.45 (figura 2). En general se puede sostener que en poco más de dos décadas, el grado de desigualdad no ha variado sustancialmente, aunque a simple vista pareciera observarse una tendencia levemente decreciente si se comparan los años iniciales con los finales.



En la figura 3 se observa el comportamiento de la desigualdad en el ingreso de los hogares mexicanos durante entre 2016 y 2022.



Aunque el grado de desigualdad sigue siendo elevado, en los últimos años ha tenido lugar una tendencia sistemática a la reducción. El descenso en el último sexenio es de magnitud equivalente al experimentado durante más de dos décadas entre 1992 y 2014. En los últimos treinta años, México ha sido un buen ejemplo de las tendencias que CEPAL ha perfilado para describir el comportamiento de la desigualdad en la distribución del ingreso en América Latina: altos niveles de inequidad, levemente decrecientes.

EL AVANCE DEL MERCADO
Para dar cuenta del avance del mercado es necesario remontarse a los antecedentes que se concatenaron para dejar atrás el modelo de sustitución de importaciones adoptado por los países de América Latina después de la Segunda Guerra Mundial, con el impulso de las ideas e investigaciones desarrolladas por la CEPAL.

Un primer ingrediente proviene de una crisis económica. Después de gozar de años de bonanza económica, tras el impulso del modelo keynesiano, una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, las principales economías capitalistas del mundo cayeron, entre finales de los años sesenta y durante los setenta, en estanflación (una combinación de estancamiento económico con inflación). A la inestabilidad económica se sumaron las protestas sociales en que la juventud de la época jugó un rol importante. En esos años los habitantes salieron a las calles y sus manifestaciones fueron reprimidas por las fuerzas del orden; recrudecieron las huelgas y la ralentización de la economía provocó el empobrecimiento de una parte significativa de la población, desempleo masivo y terrorismo (Escalante Gonzalbo, 2015).

El mazazo final al viejo orden tuvo lugar en el ámbito del poder. En Inglaterra se nombra primera ministra a Margaret Thatcher (de 1979 a 1990) y, dos años después, el republicano Ronald Reagan es electo presidente de Estados Unidos (de 1981 a 1989). Ellos usaron su poder político para eliminar el viejo orden económico en que el estado jugaba un rol central en la conducción de la economía y lo sustituyeron por una nueva estrategia económica basada esencialmente en el libre funcionamiento del mercado.

Resulta interesante destacar el empalme histórico de la política en dos de los más influyentes países centrales y el desarrollo conceptual que desembocó en el neoliberalismo [ver recuadro 3] que, a la sazón, tenía ya más de treinta años de desarrollo conceptual. En efecto, la prolongación en la década de 1930, de la gran crisis que inició en 1929 en el mundo capitalista, combinada con el rápido avance de la economía planificada en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) fue el caldo de cultivo para que, en 1938, Louis Rougier convocara a una reunión en París para discutir un libro de Walter Lippmann, The Good Society. Los participantes, vueltos a reunir una década después en Mont Pélerin, fundaron una sociedad —una especie de think tank—, con ese nombre y se dieron a la tarea de redefinir el liberalismo; nacía el neoliberalismo (Escalante Gonzalbo, 2015).

Se debe diferenciar tajantemente entre el liberalismo clásico y el neoliberalismo. En el primero se sostiene que, debido a la complejidad de los procesos económicos, para contar con una economía dinámica el estado tiene que garantizar y extender la libertad económica y actuar con cautela en este campo. La idea central del liberalismo clásico es que el estado debe ser prudente en sus acciones económicas y, cuando sea absolutamente necesario intervenir, hacerlo indirectamente porque es incompetente para hacerlo de forma directa (Amable, 2011).

Por su parte, el pensamiento neoliberal postula que el capitalismo y el mercado son construcciones artificiales e históricas cuya existencia sólo es posible dentro de un marco institucional. Por lo tanto, el estado debe actuar sobre la economía y, en especial, en el mercado, pero con limitaciones. “El estado neoliberal tiene el deber de mantener el orden de mercado; debe abstenerse de interferir en la producción y el intercambio, pero sancionar los ataques contra la competencia” (Amable, 2011). Esta manera de concebir el papel del estado en la sociedad le exige intervenir para garantizar el libre funcionamiento de los mercados y también en los casos en que estos presenten fallas. Esta es una diferencia esencial con el liberalismo clásico.

Sobre el neoliberalismo: un texto de Bruno Amable
El neoliberalismo se puede definir desde varios puntos de vista. Es una ideología que legitima la competencia individual y cuestiona las estructuras colectivas; es un proyecto político de transformación institucional, contra cualquier intento de instituir el “colectivismo” y contra los tipos de capitalismo que han resultado de los diversos compromisos socialdemócratas, en particular en el período de posguerra, tales como la protección social, los derechos colectivos de los trabajadores o la protección jurídica del empleo y su situación económica: también puede ser visto como una forma de existencia como norma de vida caracterizada por una competencia generalizada con otros, que se pueden conceptuar como el conjunto de discursos, prácticas, dispositivos que determinan un nuevo modo de gobierno de los humanos según el principio de competencia. (Amable B. 2013: 7)


ES PREOCUPANTE LA TENDENCIA AL CRECIMIENTO DE LA ESTRATIFICACIÓN EN LA EDUCACIÓN PUES ES UNO DE LOS PROCESOS BÁSICOS DE SOCIALIZACIÓN, CON INCIDENCIA DIRECTA EN LA INTEGRACIÓN SOCIAL

DESIGUALDAD ECONÓMICA Y DESIGUALDADES SOCIALES
A comienzos de la década de 1980, el crecimiento inusitado de la deuda externa obligó a México, así como a muchos otros gobiernos de América Latina, a recurrir a préstamos de los organismos financieros internacionales. Estos impusieron condiciones como la de abrir las economías al comercio internacional y promover la competencia en el mercado interno.

Para cumplir con esos propósitos, se fue aplicando paulatinamente la mayoría de las medidas del Consenso de Washington. Para François Bourguignon:

La crisis de la deuda comenzó en América Latina, específicamente en México, y durante década y media tuvo graves consecuencias para el mundo en desarrollo. […] Los programas de ajuste estructural que los organismos internacionales exigieron a cambio de ayuda se basaron en una serie de principios que más tarde fueron bautizados como Consenso de Washington. Éstos dieron lugar a profundos cambios institucionales, liberalización comercial y financiera, desregulación de los mercados de capital y de mercados de trabajo, privatización, eliminación de los subsidios a consumidores y productores, reducción en el gasto fiscal, etc. (Bourguignon, 2017)

En el pasaje de un estado que intervenía abiertamente —promoviendo el desarrollo económico y social del país, participando en la economía de varios modos; entre otros, poderosas empresas públicas manejando las tasas de interés y los tipos de cambio, favoreciendo las exportaciones y restringiendo o impidiendo aquellas que podrían competir con la producción nacional— a otro más cercano al ideal que corresponde a la concepción económica neoliberal —intervenir sólo si peligra la libre competencia en los mercados y en los casos en que se produzcan fallas—, se privatiza la mayoría de las empresas públicas y se promueve la competencia en el mercado nacional sin distinguir el origen nacional o extranjero de las empresas.

Al fragor de esta profunda transformación del modelo económico y del cambio radical en la concepción del papel que debe cumplir el estado en la sociedad, los bienes y servicios antaño ofrecidos preferentemente por él se combinaron con los altos niveles de desigualdad en la distribución del ingreso, lo que ha repercutido sobre diferentes ámbitos de la desigualdad social. Se observa en la provisión de servicios como salud, educación, producción y financiamiento de la vivienda; bajo el nuevo modelo, los precios de estos bienes se determinan en el mercado y, por tanto, quienes más dinero poseen pueden comprar más y mejores mercancías.

Tómese como ejemplo a la educación. Al ser hoy mercancía, se ofrece por el sector público y el privado en variedad de calidades, con sus correspondientes diferenciales de precios. A los hijos de las familias adineradas se les abre un amplio campo de opciones, desde la educación preescolar hasta el posgrado, y es un asunto de decisión familiar o personal tomar tal o cual camino. Adicionalmente, tienen la oportunidad de cursar sus estudios preuniversitarios en aquellas escuelas privadas que garantizan una formación de calidad, entre otros aspectos, en el dominio de al menos una lengua extranjera.

También hay familias que disponen de recursos económicos, aunque con limitaciones, para asignarlos a la educación de los hijos y que pueden costear escuelas y universidades privadas de calidad inferior que las seleccionadas por los más adinerados, suponiendo que son mejores que las públicas (no son pocos los casos que llegan a esta clase de escuelas y preparatorias privadas al no aprobar los exámenes de ingreso a los planteles públicos de educación media superior). Sin embargo, gran parte de la población no dispone de los recursos necesarios para pagar por la educación de los hijos (No es despreciable el sector que recibe becas gubernamentales que han tenido el propósito explícito de evitar que los hijos desempeñen algún trabajo para aportar a la manutención del hogar).

Un sistema educativo con estas características, que tiene vigencia en una sociedad con elevados niveles de desigualdad, se constituye en un mecanismo de profundización de las diferenciales en los niveles de escolaridad alcanzados por la población, lo que a la larga se revierte sobre la distribución del ingreso, como uno de los factores que modulan su inequidad.

Es preocupante la tendencia al crecimiento de la estratificación en la educación pues es uno de los procesos básicos de socialización, con incidencia directa en la integración social, además de ser la puerta de entrada a las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación, pilares del desarrollo económico del siglo XXI, lo que dejaría a los sectores con menos posibilidades, una vez más, al margen de los procesos de transformación social.

LA CALIDAD DE LOS SERVICIOS DE SALUD Y SU ACCESO A ELLOS DEPENDEN DE CUÁNTO TIENES O DE CUÁNTO GANAS

El retiro del estado y el avance del mercado que han tenido lugar durante los últimos cuarenta años, se han manifestado también en el crecimiento y la estratificación del sistema de hospitales y clínicas privadas: desde los grandes consorcios hospitalarios hasta los consultorios de farmacia. A la vez, se ha asistido al deterioro de los servicios que ofrecen los sistemas de salud federal y estatal.

El crecimiento y la diversificación de la oferta de servicios hospitalarios privados se combina con la demanda diferenciada, en que algunas personas tienen los recursos necesarios, incluidos entre ellos los seguros privados de gastos médicos mayores, que les permiten afrontar los gastos de servicios médicos, exámenes, tratamientos largos y costosos como los que se emplean para combatir el cáncer [ver p. 304 en este número] o internarse. Sin embargo, una parte importante de la población debe recurrir a los hospitales y clínicas del sistema de seguridad social, que excluye a alrededor del cincuenta y cinco por ciento de las personas porque laboran como informales en el sector formal o realizando actividades en el informal; a estas personas sólo les queda la opción de acudir a los hospitales del sistema de atención abierta o bien a los estratos más bajos del sector de salud privado. En los últimos veinte años, entre 2003 y 2023, el gasto privado en salud ha variado entre cincuenta y ocho y cuarenta y cinco por ciento del gasto total en salud. La mayor parte de gasto privado ha sido gasto de bolsillo, cuyo porcentaje en ese período ha variado entre ochenta y noventa y cinco por ciento del gasto privado en salud. La calidad de los servicios de salud y su acceso a ellos dependen de cuánto tienes o de cuánto ganas.

La desigualdad en la distribución del ingreso no sólo repercute en la educación y en la salud; también lo hace en la vivienda, en el espacio público y en el ámbito residencial, y todo ello tiene incidencia sobre la segmentación de la vida social.

Las personas pertenecientes a los distintos estratos sociales tienden a residir en sectores geográficamente bien delimitados en el espacio urbano (Rubalcava & Schteingart, 2012) que suelen tener equipamientos y servicios diferenciados. A la vez que las escuelas y hospitales se jerarquizan y el espacio vital se reduce, la mezcla social es mínima. De este modo, el hábitat se transforma, poco a poco, lo mismo que la riqueza y los ingresos, y estos procesos llevan a la pérdida de cohesión social.

CONCLUSIÓN
La desigualdad en la repartición de los ingresos es un fenómeno económico con amplias repercusiones sobre diversos aspectos de la vida de las personas, pero no sólo afecta a cada uno individualmente y a su entorno familiar, sino que se ramifica hasta la vida en sociedad, incidiendo sobre las dinámicas de las relaciones locales y sobre la cohesión social.

Para ilustrar los argumentos en este artículo se ha tomado, a modo de ejemplo, el caso de la educación, la salud y la vivienda, pero las repercusiones no se agotan en ellas. Por ejemplo, se podría ampliar considerando los vínculos entre la desigualdad y la pobreza, la seguridad social, el acceso a la alimentación nutritiva y de calidad, las oportunidades laborales, las condiciones generales de vida, etc.

Si bien los planteamientos presentados destacan las relaciones entre la desigualdad en los ingresos y los fenómenos sociales considerados, esto no significa que estos procesos no tengan su dinámica propia, por ejemplo, nacer en una familia pobre en una sociedad como la mexicana, con escasa movilidad social, está asociado a una alta probabilidad de que los hijos también sean pobres. Lo que se afirma en este artículo es que hay una serie de desigualdades sociales en que la inequidad en el ingreso es una de sus múltiples fuentes.

Por último, hasta comienzos del siglo XXI prevaleció la idea de que la desigualdad era buena para el crecimiento económico. Hoy, transcurrido un cuarto del siglo, los economistas y los organismos internacionales plantean que es mala porque inhibe el crecimiento económico. Si esta es la idea predominante estarían dadas las premisas conceptuales para promover medidas económicas que disminuyan la inequidad y, con ello, para elevar las magras tasas de crecimiento de nuestras economías y, como consecuencia, reducir la pobreza. Siguiendo este camino se podría transitar por una espiral virtuosa: menor desigualdad, mayor crecimiento, menor pobreza.
Fernando Cortés Cáceres es licenciado en economía por la Universidad de Chile y doctor en ciencias sociales por el CIESAS, Occidente. Profesor emérito de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso) y del Colegio de México y es profesor de maestría y doctorado en varias universidades de América Latina y Estados Unidos. Es investigador nacional emérito, del Sistema Nacional de Investigadores (SNI) de México. Es miembro regular de la Academia Mexicana de la Investigación Científica y miembro del Consejo Consultivo de UNICEF. Cuenta con libros y artículos publicados en revistas en varios países.

Referencias
Amable, Bruno (2011). “Morals and politics in the ideology of neo-liberalism”. Socio-Economic Review 9(1). https://doi.org/10.1093/ser/mwq015.

Bourguignon, François (2017). La globalización de la desigualdad. México: Fondo de Cultura Económica.

CEPAL, Comisión Económica para América Latina, (2018). Panorama social de América Latina 2018. Santiago de Chile. https://www.cepal.org/es/publicaciones/44395-panorama-social-america-latina-2018.

CEPAL (2024). Panorama social de América Latina 2024. Santiago de Chile. https://www.cepal.org/es/publicaciones/80858-panorama-social-america-latina-caribe-2024-desafios-la-proteccion-social.

Chancel, Lucas; Piketty, Thomas; Saez, Emmanuel & Zucman, Gabriel (coordinadores) (2022). World Inequality Report 2022. World Inequality Lab. https://wir2022.wid.world/.

De Ferranti, David; Perry, Guillermo E,; Ferreira, Francisco H. G.  & Walton, Michael (2004). Inequality in Latin America and the Caribbean: Breaking with History? Washington: World Bank. https://documents1.worldbank.org/curated/en/804741468045832887/pdf/28989.pdf.

Escalante Gonzalbo, Fernando (2015). Historia mínima del neoliberalismo. México: El Colegio de México.

Kligsberg, Bernardo (2002). “Hacia una visión de la política social en América Latina. Desmontando mitos”. Papeles de población 8(34). https://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1405-74252002000400002.

Rubalcava, Rosa María & Schteingart, Martha (2012). Ciudades divididas. Desigualdad y segregación social en México. México: El Colegio de México.
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