Enfoque
Número 11
10 de diciembre de 2025
Las paredes hablan. Del muralismo al grafiti en la UNAM
Por: Ximena Gómez González Cosío
Los muros tienen memoria y su verdadera fusión o integración estilística trasciende la arquitectura. No se limitan a ser un elemento de carga, sino que se erigen como soporte de la historia. Desde que el ser humano comprendió su propia presencia en el mundo, buscó dejar una marca que pudiera perdurar en el tiempo. Así, las paredes —ya fuera la piedra húmeda de una cueva, el ábside de un templo, la fachada de un edificio público o un pasillo de tránsito dentro de algún departamento o facultad universitaria— se convirtió en el lienzo colectivo por excelencia.
Quizá el primer gesto artístico consciente de la humanidad fue ese impulso de trazar algo sobre un muro. En lugares como Altamira o Lascaux, aquellas figuras no eran simple ornamento: eran el modo de expresar y transmitir lo sagrado, de ordenar el caos mediante símbolos. Ahí se inventó un lenguaje que, milenios después, sigue vivo: el del arte público como herramienta social y espiritual.
En México ese diálogo con los muros nunca se interrumpió. Las culturas maya y mexica continuaron pintando su cosmovisión en superficies que eran a la vez estructura, registro y manifestación. Más tarde, con la Conquista y el Virreinato, las paredes se volvieron instrumentos de evangelización y de poder; la pintura mural quedó confinada a los recintos de la autoridad. Pero fue tras la Revolución mexicana cuando el muro recuperó su vocación identitaria comunal. Desde la visión de José Vasconcelos surgió un movimiento que transformaría la relación entre arquitectura, arte y discurso público: el muralismo del siglo XX.
EL GRAFITI NACIÓ URGENTE, IRREVERENTE Y ANÓNIMO, ADQUIRIENDO DENSIDAD POLÍTICA Y POÉTICA; CONVIRTIÉNDOLO EN UN ESPEJO CRÍTICO DEL CONSUMISMO, LA GUERRA Y LA DESIGUALDAD
Rivera, Orozco y Siqueiros comprendieron que el muro público es un territorio político y pedagógico. En edificios, escuelas y mercados, reinstalaron el arte como un bien público esencial, transformando la cartografía visual, como una imagen crítica del país. El Colegio de San Ildefonso fue la cuna de este renacimiento: desde sus muros, en 1922, dio inicio una revolución pictórica que transformaría la conciencia visual de México.
La UNAM llevó este espíritu a otra escala. Nuestra Ciudad Universitaria se volvió un museo al aire libre en el que los murales de O’Gorman, Siqueiros y otros creadores integraron un tejido ideológico a la arquitectura cual declaración de principios. Sus superficies no sólo decoran: son la expresión esencial del edificio que habla de la educación como fuerza transformadora y colectiva.
Pero los muros no son estáticos. En la segunda mitad del siglo XX, cuando la ciudad comenzó a volverse más áspera, emergió una nueva forma de conversación mural: el grafiti. A diferencia del muralismo institucional —planificado, monumental, perdurable e institucional—, el grafiti nació urgente, irreverente y anónimo, adquiriendo densidad política y poética; convirtiéndolo en un espejo crítico del consumismo, la guerra y la desigualdad.
En la UNAM este encuentro entre muralismo y grafiti ocurre todos los días. Los campus funcionan como sistemas donde convive lo institucional y lo espontáneo, y cada facultad es un laboratorio visual que expresa las luchas y las esperanzas de la comunidad: feminismos, causas ambientales, protestas estudiantiles y consignas políticas. En estos espacios de pensamiento libre, los muros dejan de ser límites físicos para convertirse en superficies simbólicas donde se imprimen tensiones sociales y estéticas, donde la comunidad se reconoce, discute y se transforma.
Al final, muralismo y grafiti comparten el mismo pulso: la necesidad de usar el espacio público para decir lo que importa.
Colegio de San Idelfonso
Apoderarse de todos los muros, pronunciada en 1936, revela la intención de Orozco de utilizar los espacios públicos y la arquitectura para la expresión artística y la comunicación de ideas, entablando un diálogo con el entorno y la sociedad.
Alberto Castro Leñero describió su mural como un intento de conectar el muralismo tradicional con el arte contemporáneo, creando una “grieta” para ligar la tradición a su generación, abordando la migración y la vida social mexicana, no con relatos fijos, sino con un ambiente y una gran marcha de figuras en movimiento que invitan a reflexionar sobre el presente, utilizando soportes y elementos que dialogan con la historia del espacio.
“Desplazamiento”, Alberto Castro Leñero, 2025
Alberto Castro Leñero
Escuela Nacional de Trabajo Social
Facultad de Contaduría y Administración
Facultad de Psicología
Escuela Nacional de Ciencias de la Tierra
Facultad de Estudios Superiores Iztacala
Facultad de Ciencias
El mural de José Chávez Morado narra la construcción de Ciudad Universitaria, desde la expropiación de los ejidos hasta la presencia de los científicos trabajando. Constituye una crítica social que alude a la expropiación de tierras, mostrando un dejo de melancolía y resignación en los rostros de los campesinos, la pérdida de tradiciones e, incluso, la pérdida de visibilidad de los obreros, quienes ceden su lugar a arquitectos y científicos, restituyendo Chávez a su vez, la importancia de estos como elementos indispensables del desarrollo.
Facultad de Filosofía y Letras
Facultad de Arquitectura
El mural simboliza la alianza entre la universidad y la comunidad. Es un legado del movimiento de autogobierno de Arquitectura, que vinculó la academia con las demandas sociales para transformar barrios como Tepito.
Mural colectivo Alejandro “Mono” González y alumnado de la Facultad de Artes y Diseño
“El muralismo es un arte que se hace desde abajo, en territorio, en la población, en la marginalidad y la periferia de la gran ciudad donde habitamos. Es un muralismo que viene de abajo hacia arriba, a diferencia del institucional, que va de arriba hacia abajo. Es una retribución a la fuente, porque siempre hay un punto de unión con el muralismo mexicano, en su dimensión social”. Mono González
Obra de Retrospectiva de “Mono” González FILUNI 2025
Ximena Gómez es coordinadora de Comunicación e Imagen de la Dirección General de Cooperación e Internacionalización (DGECI) y editora de UNAM Internacional.