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Número 12

12 de mayo de 2026

Cuando los ríos se volvieron drenaje.

Saneamiento, desagüe y la creación de la ciudad moderna

Por: Natalia Verónica Soto Coloballes
Cada año, durante la temporada de lluvias, las inundaciones regresan a la Ciudad de México como si el agua insistiera en recorrer sus antiguos cauces. A pesar del entubamiento de los ríos y la construcción de vialidades sobre ellos, el agua se acumula en los pasos a desnivel y en las zonas bajas, como el Viaducto Río de la Piedad. Esas escenas recuerdan el pasado lacustre de la ciudad y el rumbo que tomó el sistema combinado de drenaje, diseñado a finales del siglo XIX para sanear y desaguar la capital mexicana, mezclando en una sola red las aguas pluviales y las residuales. Con el tiempo este sistema se radicalizó: ríos, canales y acequias se volvieron drenajes, convirtiendo el agua en vehículo de desecho para después expulsarla fuera de la cuenca. Esta decisión marcó la manera en que la ciudad vive hoy sus inundaciones y sequías, su hundimiento y sus problemas de abastecimiento. Este artículo explica ese tránsito y muestra cómo la ciudad moderna se edificó sobre dicha idea.

UN TERRITORIO ENTRE CANALES NAVEGABLES Y ACEQUIAS 
Hubo un tiempo en que la capital mexicana era un mosaico de pequeños asentamientos, zonas agrícolas y sistemas acuáticos. Ríos, canales navegables y acequias recorrían la planicie como senderos líquidos que articulaban pueblos y barrios; la vida cotidiana se organizaba alrededor del agua. Los pueblos dependían de las corrientes acuáticas para cultivar, transportarse y resolver las tareas domésticas. Una canoa en la orilla, un ojo de agua junto a la casa, un pozo que abastecía a varias familias: la relación con el entorno era directa y visible.



Canal de La Viga, Ciudad de México, 1902.
 Joseph Wharton

Sin embargo, para los ingenieros, médicos y funcionarios decimonónicos, la ciudad estaba “saturada con agua” y literalmente “descansaba en un pantano”. Estaba más bien compuesta por “zanjas interiores, pozos infectos, plazuelas anegadas perpetuamente, grandes caños descubiertos y azolvados, que eran depósito de toda suerte de inmundicias y desechos”, por lo que consideraban que el subsuelo se encontraba “infestado por materias orgánicas en descomposición” (“Las enfermedades de la estación”, 1903). Los cuerpos de agua, considerados ciénegas de agua podrida, fuentes de enfermedad, suciedad y desorden, debían ser disciplinados por la ingeniería para garantizar un ambiente sano.

En ese contexto, Roberto Gayol, ingeniero de la ciudad a fines del siglo xix, llegó a la conclusión de que el sistema de saneamiento que más convenia a la capital mexicana era uno combinado -agua residual y pluvial- ya que con esta solución se resolvían simultáneamente dos de las preocupaciones más importantes de la época: sanear y desaguar, lo que incluía expulsar de la ciudad las aguas estancadas y los desechos. Sanear era eliminar las condiciones de insalubridad derivadas de las aguas de desecho y desaguar implicaba drenar y canalizar el exceso de agua fuera de la cuenca de México. El agua pluvial se pensó como vehículo para expulsar las excretas e incluso para limpiar los conductos, al mismo tiempo que contribuía a la desecación gradual de los lagos, ríos y canales de la cuenca de México.

La adopción de dicho sistema, sin embargo, fue motivo de una intensa polémica que rebasó el ámbito técnico para llegar a ser debate político y moral sobre el tipo de ciudad que se buscaba construir y sobre la relación que debía mantener con sus aguas. En la Asociación de Ingenieros y Arquitectos de México (AIAM) y en la prensa se discutió qué tipo de sistema de saneamiento debía implementarse en vista de las diversas técnicas disponibles: sistemas de intercepción o vía seca, neumáticos y de transporte por agua en modalidades divisoria y combinada.

Dos imaginarios se enfrentaron. El primer modelo, impulsado por Gayol, se apoyaba en la teoría miasmática que asociaba la insalubridad con el contacto con la putrefacción de las inmundicias estancadas; una ciudad seca era una ciudad civilizada. El segundo modelo fue defendido por el ingeniero agrónomo Andrés Basurto, miembro de la AIAM atento a la ciencia microbiana. Proponía separar las aguas residuales de las pluviales mediante tuberías cerradas, considerando que mezclar los flujos favorecía la propagación de enfermedades y que el agua de albañal no debía usarse en agricultura sin destruir antes los gérmenes mediante calor.



Instrumentos para la limpieza manual de atarjeas y colectores, Ciudad de México, 1904.
Carro móvil con malacate y cable de acero para accionar el “rastrillo” de estopa que se introducía por los pozos de visita; la cuadrilla tensaba el cable y arrastraba el bulto a lo largo del conducto para desprender grasas y orgánicos adheridos. Operación complementaria al enjuague hidráulico diario.
 Museo Archivo de la fotografía
El sistema combinado de drenaje inició su funcionamiento, de cualquier manera, en 1903 con una red subterránea de ciento veintidós kilómetros, que cubría cerca de treinta kilómetros cuadrados; la parte afectada por las inundaciones. La innovación por la que Gayol se sentía más orgulloso era su sistema de tanques lavadores que en cinco horas “descargaban hasta 120 litros por segundo para arrastrar sedimentos y conservar expeditas las atarjeas a lo largo del año”, con un gasto aproximado de dieciocho millones de litros de agua diarios, equivalente a más de siete albercas olímpicas. Además del enjuague con agua “se utilizaban cepillos y mopas pesadas para desprender grasas y residuos adheridos a las paredes”. En total el costo de esta operación se calculaba en “82 dólares por milla” (Gayol, 1905). 

Los colectores del sistema combinado desembocaban en el Gran Canal del Desagüe, a la altura de San Lázaro. En este punto, conocido como el kilómetro cero, Gayol instaló cuatro bombas y un conjunto de compuertas para regular el flujo y dirigirlo hacia el tramo inicial del canal abierto de 47.5 kilómetros, seguido por una presa y un túnel que enlazaban la corriente con los ríos que conducían el caudal hacia el Golfo de México. Esta obra, edificada durante el porfiriato e inaugurada en 1900, fijó una trayectoria de largo aliento.

Después de la Revolución, dicha infraestructura se incorporó al proyecto de reconstrucción estatal. En 1928, con la creación del Departamento del Distrito Federal (DDF), los trabajos vinculados con el drenaje combinado se retomaron y pasaron a presentarse como un servicio público que debía proporcionarse a una población en expansión.

Durante la década de 1930, la Ley y el Reglamento de Planificación contribuyeron a la idea de que los ríos y canales tradicionales —agrícolas y navegables— fueran vistos como obstáculos para el desarrollo urbano. La aversión se dirigía al agua y a todo el conjunto de identificaciones del significado de lo rural con lo precario, lo improductivo, lo residual. En este marco, la ciudad avanzó sobre cauces antiguos, construyó tuberías para conducir aguas residuales y pluviales, las cubrió con asfalto y los integró al sistema combinado. El financiamiento original provino de un empréstito internacional de veinticinco millones de pesos contratado en 1933, con el cual se ampliaron las redes de drenaje y se pavimentaron calles.



Inicio del Gran Canal del Desagüe en San Lázaro y obras de enlace con los colectores del drenaje interno. Ciudad de México, 1898. La primera fotografía registra el arranque del canal a cielo abierto; las siguientes muestran la cimentación, los pilotes y las compuertas instaladas para conectar el sistema combinado con el Gran Canal.
 Museo Archivo de la Fotografía

LA EXPANSIÓN DEL SISTEMA COMBINADO DISOLVIÓ LAS DIFERENCIAS ENTRE RÍOS, CANALES NAVEGABLES Y CANALES DE DESAGÜE, AL MEZCLAR AGUAS PLUVIALES Y RESIDUALES EN UNA MISMA INFRAESTRUCTURA. ESTA INTEGRACIÓN MODIFICÓ LAS FUNCIONES Y LOS SENTIDOS DE LOS CUERPOS DE AGUA SACAR EL AGUA DE LA CIUDAD SUSTITUYÓ A LA IDEA DE CONVIVIR CON ELLA



Gran colector instalado en la Calzada de Los Misterios, Ciudad de México, 1928 Las fotografías registran la ampliación del sistema combinado de drenaje emprendida con la creación del Departamento del Distrito Federal.
 Museo Archivo de la Fotografía


La expansión del sistema combinado disolvió las diferencias entre ríos, canales navegables y canales de desagüe, al mezclar aguas pluviales y residuales en una misma infraestructura. Esta integración modificó las funciones y los sentidos de los cuerpos de agua. A medida que las corrientes se juntaban también comenzaron a nombrarse de manera indistinta: ríos y canales se percibían como cuerpos de agua sucia que debían ser cubiertos y ocultados. Así, sacar el agua de la ciudad sustituyó a la idea de convivir con ella.

Este camino explica la dificultad actual para introducir redes separadas o modificar la organización de los flujos, pues la estructura técnica heredada persiste como marco dominante en la gestión del agua urbana [ver en este número la reseña de La ciudad sumergida de Manuel Perló, pp. 330].

ENTUBAMIENTO
Las obras de canalización se iniciaron a finales de la década de 1930 y se realizaron por tramos durante las siguientes. Comenzó entonces el entubamiento sistemático de los ríos que cruzaban el área urbana. En cuanto a los canales, algunos se secaron y otros, al igual que los ríos, se incorporaron a la red para funcionar como medios de captación y transporte de aguas pluviales y residuales. Pero a partir de la década de 1960, estos cuerpos de agua se canalizaron para integrarlos al sistema de drenaje profundo. Sólo permanecieron algunos canales vinculados con la agricultura chinampera en Xochimilco y Tláhuac, que con el paso del tiempo se han reducido y hoy están en riesgo permanente. 

Uno de los primeros cauces entubados fue el del río Churubusco, eje central del drenaje, al cual tributaban numerosas corrientes provenientes del suroeste de la cuenca, incluyendo el río Eslava y el Magdalena hasta el Mixcoac. Posteriormente se trabajó en el Río de la Piedad, que recogía las aguas de los ríos Becerra y Tacubaya. Se pensaba que se trataba de un “servicio público vital” destinado a “convertir el lecho del viejo y estorboso río en un magnífico bulevar, dando salida a las aguas negras a través de una red de tubería conectada a los colectores que libran a la capital del antigénico caudal” (“Editorial Gráfico: Servicios públicos”, 1947).

En la década de 1950 se emprendió el entubamiento del Río Consulado con el objetivo de “desaparecer una de las antigénicas zonas citadinas” y dar paso a “la creación de un nuevo y bello bulevar”. Una vez entubado, “con su pavimentación, profusa iluminación y drenaje”, se creía que los habitantes disfrutarían de un clima de higiene y limpieza (“Moderna y bella avenida en el Río del Consulado”, 1957).



Trabajos de entubamiento del río de La Piedad a la altura de la Colonia del Valle, Ciudad de México.
 Museo Archivo de la Fotografía

La pavimentación vino a sellar cauces, a nivelar el terreno, a cubrir los cuerpos de agua y a dar soporte a nuevas vialidades. Por entonces el cemento tenía fama de ser “el más grande civilizador… listo para asumir la forma y el color que se me quiera dar y luego trocarme en una roca de formidable nobleza”. Dicha “piedra artificial imperecedera” se convirtió en el material de las transformaciones urbanas del siglo xx (Monroe, 1925). El cemento fue una tecnología del orden: su incorporación permitió desarrollar una infraestructura vial robusta que contribuyó directamente al proyecto de desecar y solidificar la ciudad.

EL CEMENTO FUE UNA TECNOLOGÍA DEL ORDEN: SU INCORPORACIÓN PERMITIÓ DESARROLLAR UNA INFRAESTRUCTURA VIAL ROBUSTA QUE CONTRIBUYÓ DIRECTAMENTE AL PROYECTO DE DESECAR Y SOLIDIFICAR LA CIUDAD



Trabajos de entubamiento del río de La Piedad a la altura de la Colonia del Valle, Ciudad de México.
 Museo Archivo de la Fotografía

¿DESENTUBAR?
Aunque los nombres de los ríos y canales permanecen hoy en los de las vialidades y las estaciones del Metro y del Metrobús, la ciudad perdió con ellos elementos que antes constituían referentes identitarios, históricos y relacionales para sus habitantes. Se impuso una forma de habitar desvinculada de las prácticas relacionadas con el agua, desconectada de los ecosistemas lacustres, generando lo que Marc Augé ha llamado “no lugares” de la modernidad: escenarios funcionales y anónimos pensados para el tránsito más que para el encuentro.

Sin embargo, el renovado interés por los ríos y las políticas de restauración hídrica muestra que este pasado permanece abierto. Analizar el entubamiento como una historia de decisiones políticas permite reconocer que los cauces fueron escenarios donde se dirimieron prioridades urbanas, disputas territoriales y formas específicas de ordenar la vida colectiva. Revisar este proceso a la luz del presente abre la posibilidad de repensar la relación entre agua, territorio y vida urbana como una condición necesaria para imaginar otras formas de ciudad y de convivencia con el agua.



Plano de obras y ríos en el Valle de México, fines de los años 1940.
 Archivo del agua

Natalia Verónica Soto Coloballes es maestra y doctora en filosofía de la ciencia por la UNAM y miembro del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores desde 2018. Desde la historia de la ciencia analiza las decisiones técnicas, los debates sanitarios, las infraestructuras urbanas, los instrumentos y dispositivos que han configurado el territorio, la gestión del agua y la contaminación atmosférica en la Cuenca de México. Es investigadora posdoctoral en el Instituto de Geografía de la UNAM. Profundizando en los temas del presente artículo, están próximos a ser publicados sus trabajos: “Gobernar las aguas, gestionar la ciudad: la entubación de ríos y canales en la Ciudad de México (1930–1970)”, Historia ambiental latinoamericana y caribeña, HALAC 16(1), 2026; y “Sanear y desaguar: controversias tecnológicas y políticas en torno al sistema combinado de drenaje, 1885-1905”.

La autora agradece al Instituto de Geografía de la UNAM por las facilidades de infraestructura brindadas. A la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación (SECIHTI) por la beca posdoctoral otorgada. Y al proyecto PAPIIT IN301325, La producción local de conocimiento científico de geógrafos naturalistas e ingenieros mexicanos, siglos XIX y XX, por el respaldo académico


Referencias
Augé, Marc (2000). Los “no lugares”. Espacios del anonimato. Una antropología de la sobremodernidad. Barcelona: Gedisa.

“Editorial Gráfico: Servicios públicos” (14 de enero de 1947). El Nacional.

Gayol, Roberto (1905). “Some Specialties of the System for Flushing the New Sewers of the City of Mexico.” Transactions of the American Society of Civil Engineers 55(2). 

“Las enfermedades de la estación” (5 de febrero de 1903). Popular. Diario independiente de la mañana, año VII, núm. 2195.

“Moderna y bella avenida en el Río del Consulado” (25 de marzo de 1957). El Nacional. Monroe, C. A. (julio de 1925) “Desafío.” Cemento 6-7.
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