Encuadre
Número 12
12 de mayo de 2026
Todas las aguas son benditas.
Gestión del agua en sociedades tradicionales
En estas líneas me propongo mostrar algunos ejemplos de cómo las sociedades tradicionales, las no industriales, han gestionado el agua, escasa en muchos de sus hábitats y abundante en otros, para adaptar sus sistemas de vida y obtener de ellos los recursos que requieren.
Cualquiera que sea el ecosistema, todos requieren del agua para vivir, incluyendo a los desiertos más áridos, donde la flora y la fauna administran este recurso escaso obtenido de fuentes subterráneas que afloran en oasis, gracias al rocío y a las lluvias torrenciales que ocurren ocasionalmente. Plantas como los cactus se adaptan a estos ecosistemas mediante el desarrollo de raíces profundas, tallos suculentos que almacenan el agua, y espinas que son hojas modificadas capaces de absorber la humedad del ambiente. Varios tipos de cactus, en especial los del género
Opuntia, proporcionan tallos y frutos comestibles para los seres humanos, y el insecto cochinilla (
Dactylopius coccus), productor de ácido carmínico, un tinte que deja buenas ganancias a quienes lo cosechan, especialmente en México y Perú, donde son sembrados con esa finalidad.
Vista del río Tahuayo, afluente del Amazonas por su margen derecha. Es un río de aguas negras.
Alberto Chirif
La fauna del desierto tiene sus propias estrategias de adaptación para sobrevivir en este medio árido y de altas temperaturas; entre ellas, hábitos nocturnos, evolución fisiológica para conservar el agua (riñones de alta eficiencia como los de la rata canguro), jorobas como las de los camellos que almacenan grasa y agua, regulación térmica mediante grandes orejas para ventilarse como las de ciertos zorros, o escamas y caparazones para evitar la deshidratación, como los reptiles.
El ser humano también tiene sus propias estrategias de adaptación a la aridez. Los pueblos nómadas organizan travesías en rutas de oasis conocidos y los más sedentarios desplazan sus rebaños para no agotar los pastos de un solo lugar, utilizando cuevas naturales para refugiarse o tiendas de campaña, y usando vestimenta que conserva aire entre la piel y el tejido y aísla el cuerpo de las altas temperaturas.
ADAPTACIÓN AL DESIERTO
Un ejemplo de sistemas más sofisticados de adaptación al desierto han sido los desarrollados por las antiguas civilizaciones indígenas que habitaron los desiertos costeños del Perú, mediante la construcción de canales y acueductos que les permitieron desarrollar una provechosa agricultura capaz de alimentar poblaciones numerosas. Los moche o mochica, una de las grandes civilizaciones de la costa norte del Perú, que floreció entre los años 100 a. e. c. y 800 e. c., fue una sociedad compleja y socialmente estratificada que, mediante obras de ingeniería que incluyeron canales y represas, le ganó tierras al desierto irrigando varios valles. Cultivaron maíz, pallar (
Phaseolus lunatus), frijol, zapallo loche (
Cucurbita moschata), maní, papa, camote y frutas como lúcuma (
Pouteria lucuma) y guanábana. Combinaron esta actividad con la pesca utilizando embarcaciones (llamadas “caballitos”) de totora (
Schoenoplectus californicus), herbácea también cultivada que prospera en ambientes acuáticos, tanto en agua dulce (como en el lago Titicaca y otros) como salada, en humedales costeños que son, además, estaciones de paso de aves migratorias. La caza de venados y vizcachas (
Lagostomus maximus), y la crianza de animales domesticados como el cuy (conejillo de Indias,
Cavia porcellus) y la llama complementaban su dieta de proteínas animales.
Bosque inundado por las aguas negras del río Tahuayo, ambiente conocido en el Perú como tahuampa.
Alberto Chirif
En la década de 1980 Walter Alva, notable arqueólogo estudioso de esta sociedad, sostuvo en una conferencia que los moche habían irrigado más tierras que las que habían sido irrigadas durante los ciento sesenta años de vida republicana que el Perú llevaba hasta entonces. Después de casi dos mil años, los canales de los moche siguen siendo usados por los campesinos para regar sus cultivos.
En la costa sur, la civilización Paracas (800 a. e. c.-200 e. c.) prosperó en el desierto también mediante el desarrollo de sistemas de irrigación que administraron de manera eficiente las escasas fuentes de agua. Usaron una técnica conocida como “cultivo en hoyas” que consiste en cavar hasta llegar a la tierra húmeda, donde se siembran las plantas. Mientras la humedad favorecía su germinación y crecimiento, los costados del hoyo les proporcionaban sombra y las protegían de la acción de los vientos. Cultivaron una variedad de plantas destinadas a la alimentación como maíz, maní, pallar, yuca, frijol, zapallo, ají, guayaba, lúcuma y guaba o pacay (Inga spp.) y algodón, que procesaron para elaborar los textiles que han hecho famosa a esta sociedad. Debido a la proximidad del mar, también fueron pescadores.
Vecinos de los paracas fueron los nasca (200 a. e. c. a 600 e. c.), famosos por las llamadas “líneas de Nasca”, gigantescos diseños geométricos, algunos de los cuales representan animales y plantas, que solo pueden ser apreciados en toda su magnitud desde el aire. Los nasca aprovecharon muchos de los aportes que los paracas habían desarrollado, como el cultivo en hoyas, e impulsaron otros, como los acueductos subterráneos construidos con lajas, cantos rodados y troncos de huarango (
Prosopis pallida), más de la mitad de los cuales siguen siendo usados por los campesinos actuales. Mediante este sistema de riego, la sociedad nasca aseguró el suministro de agua para cultivar algodón, habas, papas, maíz, verduras, yuca, achira (
Canna indica) y árboles frutales. Los acueductos eran excavados en las laderas de los cerros, donde captaban las aguas del subsuelo que conducían por gravedad hacia las partes más bajas. Cada cierto trecho construían agujeros que permitían que personas descendieran hasta los canales, a fin de limpiarlos o repararlos. El exceso de agua era almacenado en reservorios.
Río Paucartambo, a una altura aproximada de 700 msnm, formante del Perené y este del Tambo, que al confluir con el Urubamba toman el nombre de Ucayali. Se trata de ríos de aguas blancas.
Alberto Chirif
MANEJO DEL AGUA EN LOS ANDES PREHISPÁNICOS
Las sociedades andinas, incas y preincas, construyeron sistemas de irrigación complejos, compuestos por canales abiertos revestidos con piedras y acueductos subterráneos. Captaban el agua de los glaciares y de los ríos y la almacenaban en reservorios en previsión de épocas de sequía. Solían cubrir estos canales a fin de evitar la merma por evaporación. A lo largo de ellos creaban pequeñas cascadas artificiales con la finalidad de oxigenar el agua. Construían andenes o terrazas en las laderas de los cerros, a modo de inmensos escalones, que protegían con muros de piedra. Si bien esta tecnología existía desde mucho antes de los incas, ellos la perfeccionaron y la expandieron por diversas regiones del imperio. Además de ampliar las áreas de cultivo sin erosionar los taludes de las montañas, los terraplenes regulaban el agua que iba pasando desde las terrazas más altas a las más bajas; de esta manera, el recurso escaso era aprovechado con máxima eficiencia.
Los incas recibieron de la antigua civilización Tiahuanaco (1500 a. e. c. hasta aproximadamente 1180 e. c.) la tecnología de los camellones llamados
waru waru en quechua y
sucacollos en aimara. Se trata de un sistema agrícola que consiste en construir plataformas elevadas intercaladas con canales de agua en zonas próximas a ríos o lagos, por ejemplo, el Titicaca, situado a tres mil ochocientos metros sobre el nivel del mar. Dichas plataformas pueden tener hasta diez metros de ancho, cien de largo y uno de altura, mientras que los canales que bordean los camellones tienen hasta un metro de profundidad. Su finalidad es proteger los cultivos en zonas de climas extremos, afectadas periódicamente por inundaciones, sequías y heladas. El agua de los canales almacena calor solar durante el día y lo libera en la noche, evitando las heladas que matan a las plantas. El barro de los canales, rico en nutrientes, era usado para fertilizar los camellones al final de cada cosecha. La comunidad de Acora (Puno), con apoyo de entidades nacionales, internacionales y ONG, realiza actualmente esfuerzos para revitalizar esta tecnología.
Navegando por el río Ampiyacu. El nombre proviene de la lengua quechua y significa río de la medicina o del veneno.
Alberto Chirif
GESTIÓN DEL AGUA EN LA AMAZONÍA: PASADO Y PRESENTE
El río Amazonas puede ser considerado como un inmenso sistema cardiovascular, cuyo corazón son los Andes, que bombean las aguas desde los deshielos, y su aorta es un extenso canal central que va cambiando de nombre —Vilcanota, Urubamba y Ucayali, o Marañón y Solimões—, hasta adoptar finalmente el de Amazonas en lugares diferentes: en el Perú y los demás países de la cuenca, a partir del encuentro de los ríos Ucayali y Marañón, en un punto cercano a la ciudad de Nauta, y en Brasil desde la confluencia del Solimões con el Río Negro, vecina a la ciudad de Manaos. Son denominaciones arbitrarias que no toman en cuenta un factor fundamental: las fuentes de este inmenso río. En su recorrido, miles de venas, arterias y vasos sanguíneos irrigan la región y generan cursos y cuerpos de agua de diversas características y denominaciones: ríos, quebradas, caños, sacaritas, furos, igarapés, cochas, aguajales, tipishcas, restingas, tahuampas y renacales, entre los más conocidos; unos de aguas que corren y otros de aguas estancadas mientras las crecientes no las remuevan.
La cuenca alberga más de dos mil quinientas especies de peces, de las cuales más de ochocientas se encuentra en aguas amazónicas peruanas, de donde se extrae ochenta mil toneladas anuales de pescado, setenta y cinco por ciento para consumo y veinticinco por ciento para comercio.
Sus fuentes, es decir, las cabeceras de los ríos más lejanos a su desembocadura en el Atlántico, se encuentran en los Andes peruanos. Son las cabeceras de los ríos Marañón, Apurímac y Mantaro. El primero se forma en los deshielos del nevado Yapura, a unos cinco mil ochocientos metros de altitud, en Huánuco, a sólo ciento veinte kilómetros en línea recta del océano Pacífico, en una zona limítrofe entre las regiones de Ancash, Huánuco y Lima. Las fuentes del Apurímac, según señaló el geógrafo peruano Carlos Peñaherrera en la década de 1960, son los deshielos del nevado Mismi, ubicado en Arequipa, a una altitud de cinco mil quinientos treinta y nueve metros, dato que fue comprobado en 1982 por la expedición liderada por el oceanógrafo francés Jacques Cousteau. Finalmente el Mantaro, que nace en el lago de Junín en la pampa del mismo nombre, capta sus aguas de los altos nevados de Rumi Cruz, a cinco mil doscientos veinte metros de altitud. Aunque este último río es setenta y cinco kilómetros más largo que el Apurímac, tiene el problema de que su caudal se interrumpe varios meses al año a causa de las sequías, por lo que sus aguas no completan la travesía hasta la boca del Amazonas. Por esta razón, las fuentes del Apurímac por su extensión y del Marañón por su caudal se consideran las principales del Amazonas. Una serie de otros ríos que sería largo detallar contribuyen al aumentar el volumen de estas tres fuentes; algunos de ellos nacen en el Perú y otros en Ecuador, como los afluentes septentrionales del Marañón: Chinchipe, Santiago, Morona, Pastaza, Tigre, Corrientes y Napo, y también en Bolivia y Colombia.
Vista de la ciudadela de Kuélap, ubicada a 3000 msnm, en los andes orientales, cuyos ríos discurren hacia el Amazonas.
Alberto Chirif
En sus extensos recorridos, estos ríos dan vida a variada flora, fauna, hábitats y cultivos adaptados a las cambiantes condiciones de los climas y altitudes por donde transcurren, que alimentan a sociedades de diversas culturas y lenguas. Antes de centrar mis apuntes en el escenario cultural de la cuenca del Marañón, proporciono una tipificación de los ríos.
El investigador Harald Sioli de la Sociedad Max Planck para la Promoción de la Ciencia clasificó los ríos amazónicos en tres categorías, dependiendo del color de sus aguas: blancas, claras y negras; un ordenamiento que es importante para entender las maneras de adaptación de la flora, la fauna y el ser humano a hábitats diferentes. Los primeros tienen aguas cristalinas en sus cabeceras porque discurren por lechos pedregosos, pero al descender adquieren un color café con leche debido a los sedimentos en suspensión que transportan. A lo largo de las llanuras de inundación, estos ríos depositan anualmente, durante la vaciante, limo que fertiliza los suelos de las zonas aledañas a sus cauces. La mayoría de ellos nace en los Andes peruanos y los demás en los ecuatorianos, bolivianos y colombianos. Los bosques que inundan son los más productivos porque crecen sobre suelos profundos con muchos nutrientes.
Los ríos de aguas claras nacen en la misma Amazonía y discurren a través de sedimentos de rocas cristalinas, silicatos y cuarzo. Sus aguas son limpias y transparentes porque acarrean escasa cantidad de nutrientes y materia orgánica en suspensión. Son frecuentes en Brasil.
Ciudadela de Kuélap.
Alberto Chirif
Por último, los ríos de aguas negras también nacen en la misma Amazonía y deben su color té oscuro al hecho de que sus aguas lavan los taninos y otras substancias de la materia orgánica en descomposición de los bosques aledaños. Sus aguas son muy ácidas y contienen escasos nutrientes, por lo que su vida acuática es pobre, tanto en peces como en vegetación. El representante más conspicuo de este tipo de ríos es el Río Negro, cuyas aguas, oscuras hasta la ciudad de Manaos, adquieren el color café con leche al unirse con las del Amazonas, a causa del mayor caudal de este último.
Las partes más altas de la cuenca del Marañón ofrecen un paisaje que se diferencia poco del característico ambiente andino: escasa vegetación y fauna, sequedad del clima y pobreza de lluvias. Sin embargo, a alturas menores el clima se vuelve más húmedo y las lluvias más frecuentes, y comienza la línea de los bosques. En esta franja de frontera entre un hábitat seco y uno más húmedo, se desarrolló la cultura Chachapoyas entre los años 800 y 1470, cuando fueron conquistados por los incas, dominio que tuvo corta duración a causa de la irrupción de los conquistadores españoles en 1532. Dicha cultura tuvo una gran expansión por zonas ubicadas al este del río Marañón, que actualmente forman parte de los departamentos de Amazonas, San Martín y La Libertad. Sus asentamientos se ubican en un rango altitudinal de entre dos mil y tres mil metros, aunque también manejaron zonas más bajas para determinados cultivos, y más altas para la crianza de camélidos.
Río de aguas calientes, tanto que no es posible bañarse en él, a menos que se haga en su confluencia con un río vecino de aguas frías. Ubicado cerca de la ciudad de Contamana, capital de la provincia de Ucayali, a una altitud de 135 msnm. Desemboca en el río Ucayali, que, al confluir con el Marañón, forman el Amazonas.
Alberto Chirif
Fue una sociedad compleja, con especialistas y división en clases, y un núcleo de poder político encargado de organizar las grandes obras, entre las cuales destacan la construcción de viviendas y fortalezas de piedra, y las obras relacionadas con el quehacer agrícola. Entre las primeras figuran Yalapé, Purunllacta y Olán, pero sobre todo los centros ceremoniales administrativos de Pajatén y Kuélap, que además jugó un papel defensivo.
En lo que concierne a las obras agrícolas, además de canalización de aguas para el regadío de los cultivos, construyeron terrazas en las laderas de los cerros para incorporar áreas de cultivo en un medio de una orografía difícil y administrar el agua, reduciendo a la vez la erosión de los suelos. Es una de las civilizaciones que antecedió a los incas en el empleo de la tecnología de andenes. Cultivaron tubérculos como papa, mashua (
Tropaeolum tuberosum), oca (
Oxalis tuberosa) y olluco (
Ullucus tuberosus) y granos como la quinua y la kiwicha (
Amaranthus caudatus). También desarrollaron actividades de pastoreo con camélidos y de caza y recolección.
Siguiendo el curso del río Marañón, se encuentran los territorios de otras sociedades indígenas, como los awajun y los wampis que, a diferencia de los chachapoyas, no practican la agricultura, sino la horticultura en pequeños claros (
chacras) abiertos en las selvas tupidas, en los cuales siembran principalmente yuca, plátanos y otros cultivos que les proporcionan carbohidratos, así como plantas medicinales y ceremoniales como la ayahuasca. Son sociedades que en el pasado fueron de asentamiento interfluvial, en unidades familiares de tamaño pequeño por lo general, de entre cuarenta y sesenta personas que, además de las chacras antes aludidas, obtenían otros alimentos mediante la caza, la recolección y la pesca, aunque la importancia de esta última era secundaria porque los ríos de la región no poseen gran variedad ni cantidad de peces. Esto explica sus asentamientos en el pasado, pequeños y dispersos, para aprovechar las áreas de caza. Su sistema de gobernanza radica en relaciones de reciprocidad que articulan grupos vinculados por lazos de parentesco y afinidad.
La llamada modernidad, considerada por muchos como la panacea del desarrollo, ha desarticulado este sistema al fomentar que las personas se agrupen en aldeas de un tamaño antes nunca conocido por ellos (algunos de más de dos mil habitantes) a lo largo de los ríos que, como he mencionado, no les ofrecen variedad ni cantidad de peces, ni tampoco tierras aluviales fértiles dado que las orillas de los ríos son pedregosas.
Descendiendo más por el curso del Marañón, después del pongo de Manseriche (del quechua
punku, puerta, entrada, abra o corte de la cordillera por un río) el panorama cambia ante la presencia de la llanura amazónica. Después de recibir las aguas del Huallaga comienza el territorio del pueblo kukama que, a diferencia de los awajun y wampis, es de asentamiento ribereño para aprovechar los suelos aluviales de las orillas del río que aparecen después de la vaciante y la variedad y abundancia de peces, además de otros animales de hábitos acuáticos como ciertos tipos de tortugas, caimanes, manatíes (ahora especie protegida, por haber sido casi exterminada), nutrias y ronsocos (capibaras). Las aguas, además, alimentan los aguajales, humedales amazónicos en los que prospera la palmera aguaje (
Mauritia flexuosa) que en la parte baja de la Amazonía peruana cubren más de cinco millones de hectáreas y constituyen la única formación boscosa continua de la región, ya que las otras especies se encuentran dispersas o, a lo sumo, agrupadas en pequeños rodales. Los frutos sirven para la alimentación de las personas pero tienen también potencial industrial para producir aceite.
Vista aérea del río Ucayali que, al igual que el curso medio y bajo del Marañón y del Amazonas, no tiene cauce fijo por la inexistencia de laderas de contención. Los meandros abandonados se convierten en lagunas que, en el Perú, reciben, unos, el nombre de cochas y, otros, de tipishcas.
Alberto Chirif
Los kukama viven en un ecosistema acuático, inundado por completo durante las crecientes, pero fértil en suelos aluviales dejados por las vaciantes y muy rico en fauna acuática que les permite obtener productos para alimentarse y comercializar. Estas condiciones son favorables para que sus asentamientos sean de mayor tamaño en comparación con los de los pueblos interfluviales.
CAMINOS EXTREMOS
En estas páginas he presentado diversas estrategias adaptativas de sociedades originarias a ambientes y climas diversos entre sí, que recorren caminos extremos: de sequedad máxima a exceso de agua y de fríos intensos a elevadas temperaturas. Todas estas estrategias están amenazadas por la contaminación generada por las industrias extractivas, la deforestación y el mal uso de los recursos, factores que, a su vez, están condicionados por la ambición de unos pocos, aunque disfrazada con el discurso del desarrollo.
La señora Rebeca Rubio, del pueblo indígena Bora, exprimiendo la masa de la yuca “brava” (Maniot esculenta) para extraerle el ácido prúsico (cianuro), a fin de convertir una raíz venenosa en un insumo para preparar casabe, una especie de torta, y otros alimentos.
Alberto Chirif
Las sociedades originarias han sido capaces de aprovechar las adaptaciones de la flora y de la fauna a estos medioambientes para, a su vez, emplearlas en su propio beneficio. Para lograr esto, primero observaron el comportamiento de los elementos de la naturaleza y aprendieron de ellos, mediante un diálogo creativo, sus estrategias de adaptación. Adquirir este conocimiento —cualquier conocimiento valioso para la vida humana— requiere humildad, y el primer paso en esta dirección consiste en tomar conciencia de la soberbia implícita en el concepto de “dominio de la naturaleza” fabricado por el hombre moderno, aquel que es parte de las sociedades industriales, que tiene fe ciega en la tecnología como conjunto de instrumentos con los que cree poder explotar el medioambiente a su antojo.
En su silenciosa paciencia, la naturaleza se venga del maltrato mediante aludes, agotamiento de acuíferos, tempestades y, finalmente, cuando la situación ha llegado al clímax del peligro, con el cambio climático y el calentamiento global.
El casabe ya asado.
Alberto Chirif
Alberto Chirif es un antropólogo y escritor peruano. Estudió en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y desde la década de 1960 vive y trabaja en la Amazonía. Su vida profesional está centrada en temas amazónicos, en especial en los derechos colectivos de los pueblos indígenas. Es autor de numerosos artículos especializados y de libros colectivos como Atlas de comunidades nativas, Pueblos de la yuca brava. Historia y culinaria (ilustrado), Diccionario amazónico. Voces del castellano en la selva peruana, y Después del caucho. Fue cofundador del Centro de Investigación y Promoción Amazónica y colabora activamente con el Centro Amazónico de Antropología y Aplicación Práctica.